Quo vadis, Pedro?

Cuando la persecución contra los cristianos aumentó en la Roma de Nerón, San Pedro huyó. Por el camino del exilio se le apareció Jesucristo cargando una cruz. Pedro le preguntó: quo vadis, Domine? (¿Dónde vas, Señor?), y Jesús le contestó que iba a Roma para que lo volvieran a crucificar. San Pedro se sintió tan avergonzado de su cobardía que dio media vuelta y regresó a Roma donde fue martirizado.

El quo vadis se ha convertido desde entonces en casi una cuestión metafísica, vital… ¿a dónde vamos con nuestra vida? ¿A dónde encaminamos nuestros pasos? El quo vadis es también el rumbo que decidimos tomar, el sendero que trazamos para el futuro. Y es a aquello que carece de rumbo, como San Pedro en aquellos míticos tiempos, a lo que podemos preguntarle: quo vadis?

En España esta es una pregunta que le podríamos hacer al presidente Pedro Sánchez y a su Consejo de ministros. ¿Dónde van? ¿Qué rumbo de gobierno tienen?

Poco después de la moción de censura que derrocó al Gobierno de Mariano Rajoy y que instaló a Sánchez en la Moncloa, la ministra portavoz, Isabel Celaá, exigió que la oposición dejara de pedir elecciones – aquellas que el presidente había garantizado durante el debate de la censura – y concediera al gobierno los cien días de cortesía. Bien, han pasado más de cien días y el Gobierno aún carece del rumbo “normalizador” que el presidente prometió en aquellas jornadas de junio sin precedente en la historia de la democracia española.

El Gobierno Sánchez se presentó con un afán reformador en la Moncloa. Aseguraba que durante los casi siete años de gobierno conservador se habían recortado derechos, debilitado el Estado social y de derecho y mermado la igualdad entre españoles. Como panorama al que enfrentarse es excelente: en una tierra donde llueve fuego y azufre y reina la anarquía hay mucho por hacer; en esa tierra tendría que notarse el cambio a mejor en el momento en el que Rajoy bajara por la escalinata de Moncloa llevando su maleta. Sin embargo, el gran programa reformador que traía el fénix socialista bajo el brazo se ha quedado en ceniza. Simplemente ha consistido en tener el primer consejo de ministros del mundo con más mujeres que hombres y en aprobar el Real Decreto para la Universalización de la Sanidad. Este último ha sido, en mi opinión, el único gran logro del Gobierno Sánchez. Paradójico: la ministra que llevó a cabo la única victoria política que se le puede atribuir a este gobierno (¡y antes de los cien días que pedía Celaá!) fue la segunda a la que dejaron caer. Por lo demás… nada. Sacar a Francisco Franco de su tumba es algo que ha acaparado las portadas de los medios de comunicación, sin duda. Ese proceso, al parecer urgentísimo ya que se utilizó la vía del Real Decreto Ley, ya está en marcha. ¿Algo más?

A Sánchez no le queda nada más porque no tiene política que hacer. Lograr un Presupuesto para el año 2019 es un brindis al sol, una meta imposible que se pone a sí mismo para permanecer más tiempo sentado a la famosa mesa de Isabel II pensando que aún le quedan cosas por hacer. Pero sacar adelante un Presupuesto es algo imposible. La negociación con los políticos independentistas nos ha traído la imagen de Pablo Iglesias visitando a Oriol Junqueras en la cárcel y ha reforzado el ego del secretario general de Podemos, que el lunes 22 de octubre se reunirá con el lendakari vasco y que ya estará pensando en conformar una suerte de “teléfono rojo” entre su despacho y el de Carles Puigdemont en Waterloo, para cuando surjan grandes crisis de Estado que requieran de diálogo. Pero no nos ha traído nada más. No hay acuerdo, ni lo habrá. Todos los saben. Pero es que ni siquiera hace falta que lo haya. El Presupuesto que propone Sánchez supone aumentar el déficit, lo cual necesita de una reforma de la Ley de Estabilidad Presupuestaria, la única sobre la que la Cámara Alta tiene derecho a veto (el que sin duda usará dado que el Partido Popular cuenta con mayoría absoluta allí). Luego simplemente se pospone lo inevitable y de forma poco juiciosa a mi entender. Sánchez debe comprender que las elecciones son lo que más le conviene, que cada día que pasa en la Moncloa padeciendo bajo el fuego de las acusaciones de estar al servicio del independentismo catalán y del radicalismo es un día en el que pierde fuerza.

No tiene política, no tiene rumbo, porque no ha lugar para ello: con 84 diputados en el Congreso y enfrentado a la barrera infranqueable de la mayoría absoluta del partido de la oposición en el Senado, el Gobierno no tiene espacio de acción. Cada minuto que Sánchez trate de bregar por mantenerse a flote es un minuto más de desgobierno. Porque mientras el presidente se aferra a un gobierno que por la propia naturaleza de las circunstancias no puede gobernar – ya que tiene su capacidad legislativa bloqueada por la aritmética parlamentaria –, su sobredimensionado Consejo de ministros (¡17!) se convierte en el campo de batalla de una guerra fratricida. Se dibuja una situación que oscila entre lo horrible y lo cómico, casi como de novela de Roberto Bolaño. Hay ministros que padecen ataques de sus propios colegas – el llamado “fuego amigo” –, como sucede entre los de Asuntos Exteriores y de Defensa que sufrieron un encontronazo a raíz de la crisis de las bombas de precisión vendidas a Arabia Saudí. Hay unos ministros que se esfuman como el humo a los pocos días de sentarse a su despacho, y otros que se pierden en las oscuras “cloacas del Estado”, esa región tenebrosa donde dicen se difumina la frontera entre los Tres Poderes. A todos ellos los “coordina” una vicepresidenta obsesionada con un machismo incipiente al que empieza a ver en los mismos sitios recónditos (por ejemplo, la Carta Magna) donde el senador Joseph McCarthy veía a los comunistas en los años 50, es decir, en todas partes. Finalmente, el Consejo es arengando por un líder que para reafirmar su autoridad se repite a sí mismo una cantinela que dice «Yo soy el presidente del Gobierno» – para que no se le olvide a nadie (ni a él). Este es el panorama actual del que tristemente podría salir una obra de teatro de lo absurdo. Y digo tristemente porque de este tipo de gobierno, que tiene todas las salidas cegadas, lo único que debería salir es un decreto de disolución de Cortes.

Un comentario sobre “Quo vadis, Pedro?

  1. Me parece algo ingenua la idea que se ha extendido últimamente de que Pedro Sanchez Houdini, el doctor superviviente, es un payaso caradura únicamente interesado en mantenerse en la Moncloa. Más bien me parece que con esta toma de poder España sufre la amenaza de un nuevo intento, que por cierto ya es antiguo, de substituir la democracia del 78 por un sistema nuevo, o más bien viejo, en el que las minorías toman el poder apoyándose en los defectos del Sistema ( la corrupción, la mediocridad y el desinterés) y crean a continuación un gigantesco sistema clientelar, con el que se aseguran el dominio del sistema. El sistema lleva decenas de años teniendo éxito en Andalucia. En ese sentido los presupuestos que proponen el Gobierno y sus socios, enemigos de España supondrán mayor déficit y endeudamiento. No para sostén de las propuestas más razonables para España sino para pagar las recetas más populistas. Creo que no tardarán mucho en intentar derribar al Rey y a la Constitución del 78. No olvidemos la catadura de los socios del Gobierno y sus declaraciones explícitas sobre España y sobre la llamada Casta. Lo que harán después para conservar el poder no quiero ni imaginarlo.

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