La incógnita saudí: de Estado absolutista a Estado arbitrario

El asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí de Estambul levantó un gran revuelo en la comunidad internacional. Hace unos días, sin embargo, que ya no se habla de él. La importancia geoestratégica y económica que el Reino de Arabia Saudí tiene para Occidente están detrás de un silencio con el que se espera no debilitar al principal aliado del turbulento mundo árabe. Sin embargo, ese silencio no puede obviar el hecho de que el asesinato de Khashoggi refleja la falsedad del milagro liberal saudí: detrás de los carteles de propaganda que inundan Riad animando a los saudíes a perseguir sus sueños,  de las medidas que permiten a las mujeres conducir y acudir a estadios y de las ideas de reformar la economía para el año 2030, aún opera un régimen que desde el 2015 dejó de ser absolutista para volverse arbitrario.

En el año 2015 murió el rey Abdalá, que reinaba desde 2005. Su reinado no se diferenció de los de sus predecesores, todos ellos hijos del primer rey de Arabia Saudí, Ibn Saud (1932-1953). Hasta 2015, la política del reino estaba controlada por la Familia Real: el rey actuaba como primus inter pares, designando a príncipes mayores de la Familia a los diferentes ministerios. El poder quedaba así repartido entre los miembros de la Casa de Saud, siendo el rey el árbitro de ese juego de equilibrios entre familiares. Este modelo, sin embargo, despareció desde la muerte de Abdalá. El hermano menor que lo sucedió, Salman bin Addulazziz (el vigesimoquinto hijo del rey Ibn Saud), rompió con la tradicional forma de gobernar. Salman traspasó el poder absoluto a su hijo, Mohammed bin Salman (MbS), nombrado príncipe heredero en 2017. El príncipe, desde entonces, llevó a cabo una concentración del poder privando a sus primos y sobrinos de los ministerios que tradicionalmente se les asignaban. El príncipe, además de heredero directo al trono, se convirtió en viceprimer ministro, ministro de Defensa, presidente del Consejo de Desarrollo Económico, del Consejo de Seguridad y Asuntos Políticos y de ARAMCO, la petrolera estatal; nunca un miembro de la Familia Real tuvo tanto poder. Afirman desde la revista Foreign Affairs, que el desmesurado poder que acumula MbS es lo que ha destrozado el sistema oligárquico de gobierno y convertido al reino en un Estado totalitario y personalista. Sin embargo, a pesar de todo el poder que amasa y de haber purgado a muchos de sus oponentes acusándolos de corrupción, MbS lleva a penas dos años encumbrado, no el suficiente como para sentirse suficientemente a salvo. Sus enemigos son muchos.

Los asesinos del periodista forman parte de una organización conocida como «El Escuadrón del Tigre» (Fergah al-Nemr), un escuadrón de la muerte al servicio, aparentemente, de la corte de MbS según cuenta la agencia de noticias Middle East Eye, con sede en Londres. Khasshogi ha sido un caso que ha dado la vuelta al mundo pero no ha sido la única víctima de este escuadrón. El 5 de noviembre de 2017, unos meses después de que MbS se convirtiera en heredero, murió en circunstancias extrañas el príncipe Mansour bin Muqrin, uno de los consejeros más importantes de la corte del rey Salman. Su helicóptero se estrelló cerca de la frontera yemení. La versión oficial dijo que había sido un accidente. Pero Middle East Eye confirmó en octubre de este año, que el helicóptero en el que viajaba el príncipe, quien en realidad estaba huyendo de las purgas iniciadas por MbS entre miembros de la Familia Real, fue derribado por El Escuadrón del Tigre. Afirman desde Middle East Eye que otro de los métodos utilizados por El Escuadrón del Tigre es el de inyectar a sus víctimas con VIH además de con venenos. Así murió el juez Suleiman Abdul Rahman, de VIH, el cual contrajo cuando acudía al hospital para realizar un chequeo ordinario. Recientemente se ha encontrado el cadáver de Abdulaziz al-Jasser, otro periodista saudí que denunciaba las violaciones de los Derechos Humanos ejercidas por el Régimen en su cuenta de Twitter.

Salman-SE
Caricatura publicada en The Spectator, en marzo de 2018, que muestra a Mohammed bin Salman junto a la premier británica Theresa May volando en una alfombra mágica. La primera ministra se muestra extasiada con el príncipe, que barre las armas y el dinero turbio saudí debajo de la alfombra.

Romper con una tradición de gobierno establecida tras la muerte del rey Ibn Saud in 1953 es lo que ha llevado a que MbS se enfrente a una oposición que debe silenciar para mantenerse en el poder. El asesinato de Khashoggi y las teorías respecto al Escuadrón del Tigre solo son una pequeña muestra de lo que se mueve en la profundísima y oscurísima cloaca estatal de Arabia Saudí en la que habita el príncipe. Y es que en un Estado totalitario como la Arabia de MbS, no hay decisión que no pase por el líder que tiene perfecto conocimiento y es responsable de todo cuanto acontece.

La represión en el Reino nunca había llegado al nivel de ahora; había estado controlada por el propio juego de equilibrios con el que el sistema de primus inter pares proveía. Sin embargo ya no hay otros con los que compartir el poder. La deriva personalista de MbS y su padre han hecho que en la Familia Real sobren los príncipes, los competidores. El proyecto de MbS no es otro que el de establecer una monarquía que se herede en línea descendente (y no en lateralmente como hasta ahora). Ansía absorber la monarquía dentro de su rama familiar, convirtiéndose así en un monarca lo suficientemente poderoso como para decidir qué criterios debe seguir el derecho sucesorio, como ya hizo su abuelo, el rey Ibn Saud.

MbS, además, lleva a cabo una política internacional que Occidente debe mirar con lupa. Aunque Arabia Saudí sea un aliado importante en materia anti-terrorista y comercial, no es un país al que se le pueda dar rienda suelta. Es responsable en gran medida del genocidio del Yemen y existen oscuras conexiones entre algunos sectores de la monarquía y organizaciones islámicas fundamentalistas. Pero no olvidemos que los intereses geoestratégicos y económicos que Occidente tiene con Arabia Saudí han sido heredados de una época en la que el Reino tenía una estructura estatal más estable de la que manaba una política coherente.

Aún es pronto para ver qué rumbo adopta el todopoderoso MbS, que hasta ahora ha estado muy concentrado quitándose primos de en medio como para reconducir drásticamente el rumbo de la monarquía en el exterior. No obstante, un régimen arbitrario como en el que se ha convertido Arabia Saudí no es uno en el que Occidente pueda depositar su confianza ni al que convertir en un aliado principal. El régimen arbitrario de MbS aun está por consolidarse pero en el momento en el que lo haga (en un par de años) puede que devenga en volátil por ser totalmente dependiente del parecer con el príncipe amanezca cada día. Recordemos, también, que la represión contra oponentes no cejará ni dentro ni fuera del Reino. Llegará un punto en el que, por coherencia, Occidente no podrá mirar hacia otro lado. Hasta entonces, debería empezar a buscar nuevos aliados en la zona, aliados que permitan una ruptura menos traumática con el Reino saudí cuando llegue el momento. Y el momento llegará ya que, a pesar del lavado de cara moderno y reformista perseguido por MbS, las democracias no pueden permitir a largo plazo que con su connivencia silenciosa se erija un totalitarismo islámico que utiliza escuadrones de la muerte y el terrorismo de Estado como instrumentos para la gobernación.

Un comentario sobre “La incógnita saudí: de Estado absolutista a Estado arbitrario

  1. Me ha gustado el artículo: cuenta con los antecedentes del país y del personaje (MbS); muy somera referencia al asesinato de Kahssoghi (info abundante y reciente); y previsión de lo que puede venir. Bien contado y bien pensado. Bravo.

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