Los que resisten

Theresa May sucedió a David Cameron con las aspiración de convertirse en la segunda dama de hierro, en la Thatcher del siglo XXI, en la estadista que tomaría el timón del país en un momento de crisis nacional como ya lo hiciera Margaret en 1979. Sin embargo se ha convertido en la premier británica más debilitada de la historia reciente. Las elecciones generales que se adelantaron a junio de 2017, convocadas en un momento de debilidad extrema para el Partido Laborista para granjearle una mayoría más cómoda a los tories, resultaron ser un tiro en el pie. Los conservadores perdieron su mayoría absoluta y quedaron vendidos a tener que pactar con los unionistas de Irlanda del Norte. Theresa May se convertía entonces en una primera ministra débil y acosada por todos los frentes, especialmente por el sector más eurófobo de su partido, dirigido por el ex-secretario de Asuntos Exteriores Boris Johnson. Todo parecía indicar que May iba a ser una primera ministra breve. Pero, contra pronósticos, superó la cuestión de confianza que el planteó su partido y la moción de no-confianza que hace tan solo unos días interpuso el líder de la Oposición, Jeremy Corbyn, contra el gobierno en su conjunto. May se aferra al Número 10 de Downing Street con el firme objetivo de dirigir al Reino Unido fuera de la Unión Europea pero con un acuerdo.

Theresa May, a pesar de haber perdido la votación de su acuerdo en la Cámara de los Comunes, se ha convertido en miembro una especie de políticos (en extinción) que abogan por la estabilidad y el interés general resistiendo melancólicamente el fuego enemigo y amigo. May es ya parte de un club al que pertenecen la actual canciller alemana, Angela Merkel, y el expresidente español Mariano Rajoy. Merkel lleva más de una década al frente de la cancillería federal y su acuerdo de gran coalición con los socialdemócratas alemanes, a pesar de no haber gustado en su partido, ha permitido una enorme estabilidad para Alemania, líder indiscutible de Europa. Rajoy aguantó en el gobierno en pos de la estabilidad del país y le sostuvo el órdago de la moción de censura a Pedro Sánchez, condenándolo a pactar con lo peor de las Cortes con el fin de desgastar al PSOE mientras el PP se recomponía.

Theresa May está en una posición que no salvarían ni Winston Churchill ni Margaret Thatcher: el conservadurismo británico se encuentra en una situación imposible, dividido entre los eurófobos, los euroescépticos, los «pro dealers» y los «remainers». Y en el centro de todos ello está May, una premier sin parangón en Europa, que acude a la Cámara de los Comunes temiendo que al salir le haya dimitido en bloque medio gabinete, como sucedió en diciembre cuando los tories intentaron tumbarla. Sería enormemente más fácil para la primera ministra dimitir y dejar paso a otro que lidiara con el Brexit. Hay quien argumentaría que eso no se le pasa por la cabeza por el apego al poder que tienen todos los que llegan a la cima. Pero la situación en la que se encuentra May no es una en la que quisiera verse ningún jefe de gobierno. Es más, David Cameron, que vio lo que se avecinaba, no tardó en marcharse. May tiene un enorme honor y una gran entereza en mantenerse como primera ministra, contra viento y marea, con el fin de asegurar un acuerdo de Brexit que sea bueno para los intereses del Reino Unido y que no desgaje el país, como lo haría el divorcio traumático al que el nacionalismo británico más extremo parece no tenerle miedo.

Las cuestiones a las que se enfrenta hacen de su mandato uno de los más importantes de los últimos tiempos, y es que el Brexit será un asunto que dominará la política europea y británica durante aun muchos años después de su consumación. No en vano argumentó un eurodiputado liberal en la sesión del Parlamento europeo del pasado martes, que la salida del Reino Unido equivaldría a la salida de cuatro Estados miembros medianos a la vez. Es un proceso de desgarre del proyecto común europeo, el cual queda terriblemente herido. La opción de un segundo referéndum es la preferida en las cancillerías europeas porque sin duda se obtendría un resultado favorable a la permanencia del Reino Unido y ahorraría a la Unión la que va a ser su mayor derrota hasta la fecha. Sin embargo esta opción es algo totalmente impensable (de momento, ya sabemos cuán líquida es la política) para el Reino Unido y para May en particular. La primera ministra, que tiene el deber moral y constitucional de pensar y actuar en pos de los intereses nacionales del Reino Unido, no puede arriesgarse a ahondar en la fractura de la sociedad británica preguntando de nuevo a los ciudadanos, porque el país se rompería sin duda alguna — y puede que de forma más severa si saliera «remain».

La ciudadanía que en el año 2016 votó a favor del Brexit se ve muy cerca de romper con lo que ellos consideran el rapto de la soberanía británica por parte de Bruselas. Si en el filo de concluir el plazo temporal de divorcio este se paralizara, los sectores más eurófobos no dudarían en achacarlo a una sumisión del gobierno a las imposiciones financieras y políticas de la Unión — y de sus grandes magnates, contra los que también se rebelan los brexiteers más extremistas, que tienen también un fuerte discurso anti-globalista y proteccionista. May no puede arriesgarse a que la población que votó a favor del Brexit sea sujeto de una inflamación por parte de sectores populistas. La diatriba en la que se encuentra es maquiavélica: tiene que decidir sobre el bien mayor. O rompe la sociedad en dos con la convocatoria de un nuevo referéndum o se arriesga a que haya un Brexit sin acuerdo. ¿Merecería la pena fracturar la sociedad británica a cambio de la posibilidad de disipar el horizonte político-económico del Brexit «duro»? ¿Compensa el bien mayor de mantenerse en la Unión? Son preguntas que sin duda rondan la cabeza de la primera ministra que opta por el término medio del Brexit con acuerdo, aunque esta opción, como se ha visto hace a penas unos días, va a ser difícil de llevar a cabo. Elegir es un ejercicio de pragmatismo político hercúleo.

Como he mencionado antes, Theresa May forma parte de ese grupo de gobernantes que se han encontrando ante situaciones adversas donde contentar a todos era imposible. Las decisiones que la primera ministra pueda tomar a partir de ahora estarán enfocadas hacia el bienestar de la ciudadanía británica y de seguro estarán bien reflexionadas porque May es una persona sensata y razonable. Tiene, a mi juicio, un mucho coraje y sentido de Estado en esta situación sin precedentes, que es de crisis para el Reino Unido y para Occidente en su totalidad.

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