Venezuela en el punto de no retorno

Hace unos meses escribí una entrada sobre la situación de Venezuela en el escenario internacional y sobre la guerra fría que se está desarrollando en el Caribe. Ayer, 23 de enero de 2019, será un día que pase a la historia y cuyas causas muy pronto estaremos estudiando pues supone un punto de inflexión: la oposición al chavismo, siempre dividida y desorganizada, sin un líder claro, tiene por fin una cabeza visible, un presidente alternativo, Juan Guaidó, hasta ayer presidente de la Asamblea Nacional. Se ha abierto una brecha en el país caribeño a raíz de la autoproclamación de Guaidó, una brecha que puede encerrar el germen de una guerra civil. Ahora hay dos factores cruciales que determinarán el futuro de Venezuela: el respaldo internacional y, sobre todo, la posición de las fuerzas armadas.

La cara internacional del pronunciamiento de Guaidó es de extremada importancia. El eje de Estados Unidos y sus aliados, los gobiernos conservadores de Latinoamérica, Colombia y Brasil principalmente, ya han reconocido a Guaidó como presidente legítimo de Venezuela frente a países como México, Cuba, Nicaragua, Bolivia… que junto a Rusia, Irán, China y Turquía sostienen la legitimidad de la presidencia de Nicolás Maduro. Será  clave la determinación del resto de Occidente, en general de la Unión Europea (aunque Dinamarca ya haya reconocido a Guaidó) y en particular de España, por lo que moral e históricamente representa nuestro país para América Latina. Pedro Sánchez debe apresurarse a reconocer al nuevo presidente de Venezuela porque en este tipo de situaciones es el país particular quien lleva la voz cantante y hace que el resto de países europeos lo sigan. España está considerada en Bruselas como el puente entre el Viejo Continente y el Nuevo; España es la embajadora de la Unión en Sudamérica y es quien debe liderar el reconocimiento de Guaidó a este lado del Atlántico.

La situación más peliaguda en este momento es la referente a la de la Embajada de Estados Unidos en Caracas. Nicolás Maduro ha dado 72 horas al personal diplomático para abandonar Venezuela después de declarar rotas las relaciones diplomáticas y políticas con Estados Unidos. Sin embargo, Washington, habiendo reconocido a Guaidó, ya no reconoce la legitimidad que pueda tener Maduro para romper relaciones diplomáticas pues ello ya es potestad del nuevo presidente de la República Bolivariana. Estados Unidos se niega a evacuar la Embajada. El chavismo se enfrenta a la diatriba de abandonar con el rabo entre las piernas o de forzar la expulsión de los diplomáticos americanos, lo que podría casi ser un preludio de una crisis de rehenes como la que aconteció en la Embajada estadounidense del Irán entre 1979 y 1981. En el caso de que chavismo decida ir contra la Embajada americana pedirá el apoyo de los aliados que aun reconocen a Maduro como presidente. La cuestión reside en cuánto están dispuestas a arriesgar Rusia, China e Irán para socorrer a un régimen que se encuentra al borde del colapso. La estabilidad entre las superpotencias, y por ende la paz mundial, debe prevalecer; éstas deben abstenerse de intervenir directamente pues pueden encontrarse en un cara a cara. Estados Unidos es sin duda el país que más interés tiene en evitar que la situación venezolana se internacionalice de semejante forma pues de entrar Rusia y China en acción lo harían en el jardín trasero de América.

La otra pieza clave y la que puede sin lugar a dudas conducir al enfrentamiento civil es el posicionamiento del Ejército. Desde 2016 vienen sucediéndose golpes militares que, por fallidos, han resultado en una purga sistemática de la cúpula de las fuerzas armadas bolivarianas. Al parecer, los altos mandos militares se encontrarían del lado de Maduro y su régimen, no así los soldados y mandos menores. Dependiendo del nivel de fractura del Ejército podrá darse una guerra civil o no. Si el Ejército permanece fiel a Maduro es muy probable que la Venezuela que apoya a Guaidó quede limitada al papel de revolucionaria: se seguirán produciendo los levantamientos populares y las batallas callejeras contra las fuerzas del Régimen. Si el Ejército está partido, por el contrario, y una parte acepta dar su apoyo a Guaidó, entonces la revolución evolucionará para convertirse en guerra civil. Es, a mi entender, la opción más probable con la que las dos Venezuelas busquen consolidar su poder y ganar legitimad sobre la otra.

La forma de evitar la guerra civil que se avecina sería que la comunidad internacional interviniera diplomáticamente o militarmente a través de potencias menores como Colombia o Brasil para derrotar completamente a Maduro y consolidar a Guaidó. El problema que emerge si se toma este camino en el endiablado laberinto de la política internacional es que parecería que Guaidó es un presidente impuesto por el exterior y que ha permitido una invasión extranjera. No se puede subestimar el irredentismo que podría ocasionar una intervención internacional en un país donde el discurso anti-imperialista y anti-intervencionista están muy arraigados. El chavismo sin duda apelaría a la defensa de la patria de Bolívar de los invasores extranjeros y puede incluso que algún sector no-chavista también se mostrara en contra. La presión tendría que venir por vía diplomática, aunque ésta es más difícil de aplicar —porque a pesar de ella Maduro no soltará el poder mientras haya países que reconozcan su legitimidad—.  Incluso una hipotética presión que Occidente pudiera imponer a Rusia y China para que dejaran caer a Maduro sería inútil dado el estado de alienación en el que actualmente se encuentran las relaciones entre los dos bloques. Es por lo estático de la situación internacional que el papel del Ejército es el fundamental. El papel de las potencias regionales habrá de ser el de aprovisionar y apoyar al bando de Guaidó pero debe evitarse el envío de efectivos  por el riesgo de que sean rechazados por los locales y que el chavismo los aproveche como excusa para enarbolar la bandera de Venezuela.

Se avecinan unos días cruciales para Venezuela que desde la proclamación de Guaidó ha entrado en un punto de no retorno. En Venezuela ahora se confrontan dos legitimidades apoyadas por un sector de las instituciones nacionales, de la población y de la comunidad internacional. Es cuestión de tiempo que se lancen a medir sus fuerzas. Es deber de la comunidad internacional presionar para evitar el derramamiento de sangre y la represión del régimen pero no para mediar entre las partes. Esta es la clave de bóveda. Occidente no puede llevar a cabo una política ambigua en la que apueste por el diálogo y la solución política: es la oportunidad de tumbar a Maduro y evitar que Venezuela continúe cayendo por el barranco de los Estados fallidos. The writing is on the wall es una expresión usada en el mundo anglosajón que viene del pasaje bíblico del Libro de Daniel en el que Dios profetizó la destrucción del reino de Baltasar de Babilonia escribiendo letras indescifrables en la pared. La expresión hace referencia a un punto de no retorno en el camino. Bien, la escritura ya está en las paredes de Miraflores: Occidente debe estar atento, vigilante y preparado para lo que pueda avecinarse en Venezuela.

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