Insensatez histórica

Lo peor de la propuesta del presidente de los Estados Unidos Mexicanos, sobre el perdón que España y la Iglesia Católica deben pedir a los pueblos amerindios conquistados en el siglo XVI, es que viene ideada por una supuesta mujer de letras, que es su esposa, una doctora en teoría literaria. Andrés Manuel López Obrador, desde comienzos de 2019 presidente de los Estados Unidos Mexicanos, exigió en una carta fechada el pasado marzo pero publicada ayer por los medios de comunicación que el rey Felipe VI de España pidiera perdón por la conquista de América y la masacre de los pueblos precolombinos. En una misiva paralela, el presidente mexicano le exigía disculpas también al papa por haber excomulgado a Miguel Hidalgo, líder de la independencia mexicana, y a otros sacerdotes que apoyaban la revolución contra la metrópoli. En esencia: el presidente mexicano espera que los que países que en un pasado (muy lejano) cometieron tropelías contra lo que en aquel pasado pudieran ser los Estados Unidos Mexicanos de ahora deben disculparse.

Esta propuesta es una insensatez histórica por dos motivos.

El primero de ellos es por lo falaz que es en términos historiográficos. Los estudiosos de la historia sabemos que la primera regla del buceo en el tiempo pasado es juzgar solamente con ojos contemporáneos al periodo que se estudia. Me explico: no se puede, como ha hecho el señor López Obrador, esgrimir que la Conquista de América fue un crimen contra los derechos humanos porque hasta 1948 no se codifican los derechos fundamentales en la Declaración. No se puede juzgar el pasado con los ojos de hoy, ni se pueden hacer afirmaciones sobre la historia desde un punto de vista retrospectivo (lo que en la jerga historiográfica anglosajona se denomina hindsight). La figura de Hernán Cortés (1485-1547), I marqués del Valle de Oaxaca, es sin duda controvertida, pero no se la puede juzgar como un «genocida» porque en el siglo XVI no existía tal concepción. Si el señor López Obrador indagara en la historia del conquistador y del proceso de colonización, encontraría que tiene motivos mucho más sutiles para criticar a Cortés. Hernán Cortés acabó comportándose como un forajido, uno de esos abanderados de la mentalidad medieval de la hidalguía que habían abandonado España en busca de riquezas y que esperaban convertirse en la aristocracia del Nuevo Mundo. Aquello era justamente lo que la Corona quería evitar: la Corona buscaba que los colonizadores se asentaran en las nuevas tierras y les sacaran provecho económico, no que fuesen en busca de aventuras y luego demandaran la propiedad de tierras y títulos. A Cortés se le entregó el Marquesado del Valle de Oaxaca con el fin de apaciguarlo.

El segundo motivo por el que esta propuesta es insensata es porque carece de todo fondo histórico. En otras palabras, el señor López Obrador haría bien en repasarse la historia de la Conquista antes de escribir otra carta.

Hemos de considerar que la nueva izquierda global del siglo XXI, a la que pertenece López Obrador, tiene como pilar fundamental de su discurso la historia de los pueblos oprimidos. Se trata de una visión que emerge del proceso de descolonización a mediados del siglo XX pero que se ha extrapolado a otros periodos de la historia sin ningún tipo de criterio y con fines extremadamente populistas. Una cosa es esgrimir que los pueblos africanos padecieron severamente las consecuencias del neocolonialismo de los europeos a partir de finales del siglo XIX; otra bien distinta es adoptar el discurso madurista (del que López Obrador no está tan alejado) de que España es una potencia intrínsecamente racista y colonialista por su historia. El caso es que López Obrador utiliza, como muchos de sus contemporáneos, el discurso de los pueblos oprimidos pero en este caso yerra de forma vergonzosa.

La conquista y la colonización española de América solamente pudo llevarse a cabo gracias a una enorme “tolerancia” (con comillas, puesto que sí que se cometieron atrocidades) de las poblaciones indígenas. La conquista del imperio mexica solo fue posible gracias a la colaboración de otros pueblos indígenas que estaban sometidos a los aztecas y a su imperio de terror que, aunque parezca parte de una leyenda negra, era de verdad. La cultura política azteca estaba basada en una cosmogonía caníbal: había que luchar para capturar prisioneros que luego fueran sacrificados al dios del sol que de esa manera permitía que el mundo continuara existiendo. Esa es la naturaleza cosmológico-bélica de los pueblos aztecas, detalladamente analizada por David Carrasco en su artículo Cosmic Jaws: We Eat the Gods and the Gods Eat Us. La opresión de aquella cultura cosmológicamente sanguinaria fue lo que hizo que muchos de los pueblos amerindios se aliaran con los españoles contra los aztecas. Fue inestimable la colaboración de diferentes tribus a las que Cortés pudo acercarse gracias a su esposa Maliche, una india que sabía hablar castellano. La propia estructura imperial española utilizó la estructura imperial que le había precedido, tanto en México como en Perú. Las estructuras políticas y burocráticas de los imperios precolombinos fueron utilizadas por los españoles para la creación de virreinatos eficientes. Es más, fue en las regiones periféricas, en Sonora al norte y en Chile al sur, donde no había estructuras de Estado precolombinas que pudieran ser utilizadas donde los españoles tuvieron más dificultades a la hora de consolidar su poder.

Más allá de las infames expediciones de algunos conquistadores para capturar esclavos, la colonización española fue un proceso en el que se produjo un sano mestizaje entre españoles e indígenas y en el que se concedieron garantías legales contra los malos tratos a los indios, cosa que ningún otro imperio contemporáneo hizo. No tiene precedente ni imitador el debate que se da en la España del siglo XVI para dilucidar si los indios tenían alma o no. Se determinó que sí que la tenían y que por tanto no podían ser sujetos de la esclavitud. Pero es que ya en 1504 Isabel la Católica había prohibido la esclavitud de indios y su maltrato en su testamento, tomando a los indios como súbditos de la Corona de Castilla con todos sus derechos. La Bula de 1535 que el papa Paulo III concedió a instancias de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, lo refrendó y en 1542 quedaron abolidas las encomiendas, el sistema de trabajo forzado más semejante a la esclavitud, mediante las Leyes Nuevas.

Criticase lo que criticase el señor López Obrador, queda completamente fuera de la cuestión el demandar una reparación al Estado sucesor del que protagonizó la supuesta tropelía contra la nación mexicana. ¿Tiene sentido que Alemania pida perdón a Dinamarca y Austria por haber maquinado guerras injustas para lograr la unificación entre 1863 y 1870? ¿O que Francia pida perdón por la invasión napoleónica? ¿O que tenga que ser toda Europa la que se disculpe con Francia por haber mantenido la ocupación del país hasta 1818 y haber forzado la Restauración de los Borbones? Este discurso de victimismo historicista, además, ya tiene mucho recorrido en la historia reciente: es el que utilizan los nacionalismos más radicales para legitimar sus aspiraciones. Los genocidios yugoslavos se hicieron bajo el pretexto de que entre los siglos XIV y XV las tropas musulmanas se habían adueñado de unos Balcanes que no les pertenecían. De los discursos más famosos del dictador serbio Slobodan Milosevic fue aquel en el que conmemoraba los seiscientos años de la Batalla de Kosovo (1389) en la que los serbios habían derrotado a los invasores turco-otomanos. Aquella historia sesgada de Milosevic insuflaba su nacionalismo de fuerza. Pero vayamos más cerca, a Cataluña, donde el nacionalismo también ha extendido la cultura del victimismo historicista basada en la teoría de una España colonizadora que acabó con la supuesta Corona catalano-aragonesa (que jamás fue tal). De modo que el señor presidente de los Estados Unidos Mexicanos debe recuperar el sentido y abandonar el victimismo con el que trata de revertir u obtener una reparación por los hechos que acontecieron hace quinientos años.

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