La Derecha: pinceladas de brocha gorda antes de la reflexión

Históricamente, la Derecha y sus opciones ideológicas —el liberalismo conservador, el conservadurismo puro, el humanismo cristiano y democristiano…— se han caracterizado por el realismo y el pragmatismo, y en ocasiones de forma tan fría que hizo falta un poco del calor idealista de la Izquierda para equilibrar la balanza (por ejemplo, a finales del siglo XIX, solo la amenaza de la revolución obrera templó al capitalismo de hierro para que aceptara los derechos de los trabajadores, inaugurando la socialdemocracia). Está en el propio ADN de la Derecha el huir de idealismos engañosos. Por ello es importante que el votante que se sienta identificado con la Derecha política y alguna de sus vertientes ideológicas, reflexiones sobre si el 28-A piensa entregar su voto a una formación que verdaderamente cumpla con lo que significa pertenecer a la Derecha: el realismo.

No entraré a especular sobre si el centrismo (ciertamente idealista, sobre todo en España) de Ciudadanos o las 500 medidas propuestas por el flamante líder popular pertenecen al realismo de la Derecha, porque ciertamente todo tiene matices. Pero simplemente por su posicionamiento en el espectro político, se puede dilucidar que el Partido Popular y Ciudadanos se enmarcan dentro de la tradición pragmática. Simplemente por dónde están colocados, ya que el extremo político, tanto a diestra como a siniestra, se caracteriza por un profundo rechazo de las normas de la realidad, pues bajo las férreas normas de la realidad, los populismos no se sostienen; los devora su incoherencia. No es que Vox sea un partido populista; es que es un partido que atenta contra el espíritu histórico de lo que era la Derecha española, desde Cánovas hasta Fraga, precisamente por haber abandonado el realismo y haberse echado en brazos de las propuestas carentes de fondo y razonamiento.

Lo primero a decir respecto a Vox es que ha tenido dos versiones: uno que existió de forma efímera durante el año 2014 y el que existe ahora, el de Santiago Abascal. El Vox que surgió en 2014 estaba conformado por antiguos espadones del Partido Popular y la Derecha tradicional que, contrarios a la tecnocracia no ideológica de Mariano Rajoy, fundaron un partido que representara los valores tradicionales del conservadurismo. Entre aquellos espadones se encontraban Alejo Vidal-Quadras, vicepresidente del Parlamento Europeo, el filósofo José Luis González Quirós o Ignacio Camuñas, exministro adjunto de Relaciones con las Cortes de la UCD. El advenimiento de Santiago Abascal en 2014 al liderazgo del partido provocó una escisión que acabó con la renuncia de los fundadores social-conservadores. ¿La razón? La decisión de Abascal de posicionarse junto a partidos como Ley y Justicia (Polonia) o el Frente Popular (Francia), de marcado carácter euroescéptico y nacional-católico. Con Abascal, la deriva euroescéptica y nacionalista dio pie a una impronta populista que ha alejado a Vox de lo que era la Derecha tradicional, la realista, para acercarlo a un posicionamiento de irracional populismo semejante al de Unidos Podemos. Entre sus estrategias electorales se encuentran el insulto al contrario (la «derechita cobarde», semejante al «la casta»), la demagogia (la territorial para Vox, la socioeconómica para Podemos), y el victimismo anti-establishment.

La impronta irreal e idealista de Vox, alejada de todo lo que se pueda llamar Derecha, se ve claramente reflejada en su programa electoral en el que los silencios y las omisiones de información remarcan el idealismo, la ignorancia o el engaño a los votantes (dejo a los lectores la decisión). Centrémonos en lo que supone el alma de Vox, que es la recentralización del Estado y la abolición de las comunidades autónomas.

En el punto 6 del Programa, se establece un compromiso a «Transformar el Estado autonómico en un Estado de Derecho unitario que promueva la igualdad y la solidaridad en vez de los privilegios y la división. Un solo gobierno y un solo parlamento para toda España.» La propuesta centralista de Vox es absolutamente legítima pero yerra en que no es ni realista ni considera con los electores: vende humo. Se plantea dicha reforma como algo que se pueda hacer desde el minuto uno de llegada al gobierno cuando en realidad esto requiere una reforma del Título VIII de la Constitución, lo que supondría una reforma agravada de la Carta Magna. No explicar el proceso por el que legalmente (a menos que queramos convertirnos en Carles Puigdemont) se pueden abolir las autonomías, es un ejercicio de populismo semejante al vender la salida del Reino Unido de la Unión Europea sin explicar el proceso. Recentralizar el Estado es una tarea hercúlea: se tendría que proponer una reforma constitucional (que desde luego Vox no menciona en parte alguna de su programa) que obtuviera el respaldo de la mayoría cualificada de las Cortes (2/3), luego se disolverían las Cortes, se convocarían elecciones, las nuevas Cortes volverían aprobar la decisión de reforma, se redactaría el nuevo texto constitucional que tendría que ser aprobado de nuevo por 2/3 de las Cortes, y luego se sometería a referéndum del conjunto del pueblo español para su aprobación.

Es un ejercicio irrisorio de demagogia el proponer como medida estrella (pues de esta recentralización facilísima del Estado vendría la recuperación y el crecimiento económicos por la falta de impedimentos burocráticos y el recorte en el gasto público) algo tan complejo como la abolición de las autonomías sin antes exponer a los españoles el camino que habría de transitarse para llegar a ello. Una reforma agravada (sería la primera de la Historia) conllevaría a una paralización del sistema político hasta que resolviera. Que Vox no explique esto, ni la forma en la que plantea llevar a cabo sus reformas, lo enmarca dentro de un idealismo en el que racionalmente no se puede confiar. A lo demagógico de esta propuesta se suma también la propia semiótica de la proposición: cuando se habla de reemplazar el Estado autonómico por un Estado de Derecho unitario, ¿está dando Vox a entender que con el actual modelo autonómico no vivimos en un Estado de Derecho? Tal vez encuentre que esa afirmación es más propia del populismo secesionista que de lo que habría de encarnar una opción de la Derecha realista. Lo mismo sucede con su propuesta de eliminación del Jurado (propuesta 95), que también supondría una reforma del artículo 125 de la Constitución para el que no existe un consenso y que necesita de un proceso muy complejo que se oculta al votante.

En el aspecto social, Vox habla de consolidar la familia como entidad superior al Estado. La conformación de una comuna o entidad que tenga poder por encima del Estado, que es el máximo ente jurídico y de poder en el que se enmarca la sociedad, supone la confirmación de que existen poderes por encima del Estado de Derecho. Se trata de una propuesta verdaderamente totalitaria pues de ser así los miembros de una familia, los individuos, los españoles, estarían sometidos a la voluntad arbitraria del ente familiar sin que el Estado de Derecho los pudiera proteger o amparar en forma alguna. ¿Qué clase de propuesta es esta? Supondría recortar el poder del Estado, dejar a los españoles a merced de una voluntad no democrática. Es algo parecido al famoso «la democracia está por encima de la ley», Quim Torra dixit. Poner elementos por encima del Estado es lo que constituye lo totalitarismos. La propuesta es de un despropósito semejante que dudo que le hayan dedicado un ápice de pensamiento, como sucede con la mayoría de sus propuestas en materia territorial, comunitaria, de defensa e internacional.

Es importante que el 28-A, cuando se acuda a las urnas, se medite sobre el realismo y el posibilismo de las propuestas electorales. A la conclusión a la que pretendo llegar es que la Derecha es, por antonomasia, contraria al populismo: defiende el Estado, la libertad y rechaza tanto la imposición como el engaño. El populismo es, a fin de cuentas, una forma de engaño pues exagera, cuenta medias verdades o, como en el caso de Vox, no cuenta la historia entera. Tradicionalmente la Derecha era la opción de los que esperaban que el Estado cambiara desde dentro; nunca fue una opción rupturista porque no es sensato reventar el Estado si se pretende vivir en libertad y no en anarquía. La Derecha realista, la de verdad, apuesta por el posibilismo, por la tradición bismarckiana de que la política es el arte de lo posible, por la tradición palmerstoniana de que las cosas han de manejarse como vienen dadas y no como nos gustaría que lo hicieran. Por el bien de nuestra independencia como individuos, por el bien de nuestro liberalismo personal, el que nos permite ser libres y no formar parte de un rebaño, tengamos esto en cuenta cuando depositemos la papeleta en la urna.

Usemos la jornada de reflexión. Hoy más que nunca, hace falta.

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