Unas elecciones determinantes para España en Europa

El hecho de que el día 26 de mayo vayamos a votar por nuestro municipio y nuestra comunidad autónoma, que son las formas del Estado más cercanas al ciudadano individual, puede hacer que las elecciones europeas parezcan intrascendentes. Sin embargo las elecciones europeas son la otra pieza del puzle que constituyen las elecciones generales ya que la gobernabilidad de los Estados depende, en sobre manera, de la Unión Europea. Es imprescindible que votemos para que la Unión de los próximos años pueda hacer frente a los extraordinarios problemas que vendrán en la década de 2020: la más que probable y severa recesión económica, los corrosivos nacional-populismos y la guerra geoestratégica entre Estados Unidos y China. No son asuntos triviales por lo que las elecciones europeas no deben tomarse a la ligera. Es importante comprender hacia qué modelo de Europa queremos evolucionar y ver qué partidos políticos pueden impulsar ese proyecto.

La Unión Europea es de los entes geopolíticos más importantes del mundo y suple, con creces, el poder individual que tendrían las potencias medianas que la constituyen en el escenario internacional. Más allá de la unión económica, monetaria, arancelaria, la Unión Europea constituye una de las más importantes alianzas políticas de la Historia. Aunque sus creadores la diseñaron como una unión económica (la Comunidad del Carbón y el Acero), a día de hoy va camino de convertirse en una alianza de mucho más calado. Es imprescindible que la alianza de la Unión se convierta en una tercera vía entre las potencias con afanes expansionistas (Rusia y China) y una América que ha perdido su hegemonía y que piensa en abandonar el liderazgo del sistema internacional.

Dado que la Unión va camino de ser una gran alianza, especialmente desde que el nacional-populismo que la amenaza refuerza la necesidad de cohesionarla, es importante rescatar el concepto que emergió en 2016 inmediatamente después del Brexit: la Europa a cuatro velocidades. La salida del Reino Unido deja el peso de la Unión en el eje franco-alemán al que deben sumarse las otras economías que más crecen y con más solidez: España e Italia, las dos potencias medianas del continente. Pero han cambiado las cosas y en Italia ahora gobierna una coalición populista entre la extrema derecha de Matteo Salvini (la Liga Norte) y la ambigua extrema izquierda (Movimiento Cinco Estrellas). La ingobernabilidad y el complicado sistema parlamentario italiano, que condenó al país a muchos meses de bloqueo y a gobiernos débiles, ha llevado al ascenso de un gobierno eurófobo y con el que no se puede contar en el escenario internacional (es, por ejemplo, cercano a Rusia, partidario de Nicolás Maduro…). Debido a la retirada italiana, España tiene una enorme oportunidad de reforzar su posición en la Unión. No hay un Estado más pro-europeo que el nuestro. En España los dos grandes partidos (PSOE y Partido Popular) son incuestionablemente europeístas — a diferencia de en otros países como Francia donde la segunda fuerza es el Frente Nacional de Marine Le Pen, Alemania donde la segunda fuerza es la extrema derecha de Alternativa por Alemania o el Reino Unido donde el Partido Conservador alberga al ala euroescéptica responsable del Brexit. La retirada del Reino Unido y de Italia deja a España en una posición en la que hacerse valer como aliada fundamental del eje europeo y protagonista del proyecto después de unos años muy duros de crisis económica en los que se nos consideró el enfermo de Europa.

Luego no es el momento de enclaustrarnos ni de mirar al reforzamiento de nuestras fronteras ni de recuperar una soberanía que no tiene sentido que recuperemos. Los proyectos euroescépticos de Unidas Podemos y de Vox son contraproducentes dado el estado del sistema internacional. Tras el Brexit y el ascenso de populismos eurófobos, las empresas multinacionales buscarán refugios seguros donde puedan seguir desarrollando el multilateralismo que las beneficia y que contribuye al crecimiento económico nacional y global. Es imprescindible atraer a estas empresas, seduciéndolas con una fiscalidad suave y con una apertura de fronteras que no sea una traba para ellas. Ser eurófobo y euroescéptico, como son los dos partidos del extremo del espectro en España, es ser contrario al imparable proceso de la globalización. Salir de las instituciones que dan más de lo que quitan supone apartarse, voluntariamente, del crecimiento boyante y del progreso. España no puede concebirse ni con menos Unión ni sin Unión: formar parte de la comunidad europea ha dado a España y a los españoles una fuerza en el plano internacional que no se tenía desde tiempos del Imperio. La influencia de la que España goza, y de la que todavía puede gozar tras la retirada de las otras potencias medianas, en Bruselas encumbra a nuestro de país mucho más de lo que lo haría cualquier política exterior individualista, cerrada y alejada del proyecto común.

En términos realistas y puramente pragmáticos, España y la Unión comparten un enemigo (the enemy of my enemy is my friend) y por tanto un proyecto común. Ambos se encuentran amenazados por el nacionalismo populista que, buscando retornar a un mundo de fronteras como el del siglo XIX, pone en riesgo los beneficios de la globalización y el avance. En España el ejemplo más claro es el del nacionalismo catalán, único responsable, por ejemplo, de que la Agencia Internacional del Medicamento no llevara su sede, junto a sus cientos de empleados, a Barcelona tras salir de Londres. Miles de empleos, millones de euros de beneficio para la ciudad; perdidos. Ese el tipo de consecuencias del nacionalismo. Pero no es sólo el catalán. El nacionalismo euroescéptico de Vox es igualmente peligroso para España pues supone alinear al país con aquellas fuerzas que buscan socavar los beneficios de la globalización. No hay más que echar un vistazo a los aliados de Vox en Europa: Viktor Orban, el primer ministro húngaro sancionado por el Parlamento Europeo por la regresión de derechos en Hungría, Salvini (amigo del independentismo catalán), la extrema derecha flamenca que cobija a Carles Puigdemont, Marine Le Pen y el partido ultracatólico y nacionalista Ley y Justicia de Polonia. Estos no son los aliados con los que se consigue para España una mejor posición en el sistema internacional. Partidos como Podemos (que alimenta el mito de los malvados y millonarios eurócratas enemigos del pueblo) y Vox (que difunde el miedo a que la soberanía española vaya a colapsar en favor de unos Estados Unidos de Europa) son contrarios al paradigma internacional actual. La soberanía española no está en juego y ningún caso se van a conformar los Estados Unidos de Europa — por mucho que Ciudadanos le gustara y que Vox lo tema. El proyecto de los Estados Unidos europeos proviene del periodo de entreguerras y su mayor defensor era Aristide Briand, premier francés; el proyecto quedó en acuerdos entre las grandes potencias europeas. Es demagógico alimentar el miedo a la desaparición de la soberanía española como si participar en el proyecto europeo supusiera arrodillarse ante Francia y Alemania.

Partidos como Vox yerran completamente en su percepción de la política internacional (no en vano es un campo en el que «ahí les pillas» y en el que «no tienen convicciones», Abascal dixit). No se puede confiar el futuro de la política exterior española a opciones políticas que desconocen el sistema internacional o que tienen una concepción errada del mismo. España no va a ceder su soberanía nacional; España debe contribuir a unir su soberanía a la de las otras potencias europeas para sacarle un mayor partido. La Unión refleja la teoría de la «paz liberal» que defendía Robert Koehane, el padre del neoliberalismo: la interconexión política y económica aporta más beneficios que la soberanía individual, por lo que los Estados acabarán cediéndola en pro de unos beneficios comunes. España cede en los asuntos en los que es más beneficioso ir junto a sus aliados de la Unión. No entender que la fortaleza de España se encuentra en la Unión es entregarse a la nostalgia falaz de la hegemonía individual española de otro tiempo. Hoy, necesitamos a nuestros aliados y tenemos la oportunidad de tener más influencia que nunca. Por eso es imprescindible que el 26-M se elijan fuerzas plenamente europeístas, realistas y conocedoras del paradigma europeo y global en el que se encuentra España.

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