La OTAN en una Europa fracturada: ¿regreso al pasado?

Cuando cayó la Unión Soviética y se planteó la reunificación de Alemania, John Mearsheimer escribió un artículo (denostado entonces y recuperado recientemente) titulado De vuelta al futuro (Back to the future). Argumentaba Mearsheimer que la reunificación de Alemania recuperaría los recelos del periodo 1870-1939. La balanza de poder europea se rompería y las viejas potencias propugnarían una vez más por la hegemonía en el continente. El artículo fue denostado como profecía del mundo que venía porque la reunificación fue un ejemplo de solidaridad y no reabrió la brecha de antaño entre Francia, Alemania y el Reino Unido. Desde 1991, la cohesión europea fue a más. Su visión erró en comparación con otras como la de Francis Fukuyama (The end of history) y Samuel Huntington (The clash of civilizations). Sin embargo, Mearsheimer ha recuperado su relevancia en los últimos años, al constatarse que el mundo unipolar de Estados Unidos ha entrado en decadencia y que el regreso de Rusia y el ascenso de China nos coloca de nuevo en una partida de grandes potencias. Ese juego de ajedrez no se limita solamente al escenario más global: Europa puede estar a punto de verse devuelta, de un plumazo, al mundo que Mearsheimer predijo en 1991. La cumbre de la OTAN que se celebrará en Londres los días 3 y 4 de diciembre (la cumbre de su 70 aniversario), va a ser un reflejo de esa división del continente europeo. ¿El motivo? La necesidad de realinear el eje franco-alemán tras el brexit.

Este año 2020 traerá el acto final de esta obra de teatro llamada brexit y coincidirá con el último año del primer mandato de Donald Trump en los Estados Unidos. La Alianza Atlántica y la Unión Europea sufrirán las consecuencias de estos dos eventos. El brexit supondría un terrible shock económico y político para la Unión mientras que la búsqueda de la reelección hará que Trump intensifique su política contra el librecomercio y aislacionista (que alienta a sus votantes). En esencia, este va a ser un año complicado para las relaciones entre Europa y América. La salida del Reino Unido de la Unión contribuirá a que eso sea así.

Gran Bretaña siempre ha sido un nexo de unión entre los dos lados del Atlántico por su pertenencia fundamental tanto a la institución comunitaria como a la Alianza Atlántica. Ahora que se marcha, esa sinergia se rompe. La Unión pierde a la potencia nuclear, miembro de la OTAN y con un sitio en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (UNSC) que garantizaba el vínculo con los Estados Unidos. La única alternativa geopolítica es Francia. Comentaré una anécdota. En marzo acudió a King’s College el profesor Brendan Simms, de la Universidad de Cambridge, y dio una conferencia sobre el significado geoestratégico del brexit. En opinión del profesor Simms (autor de importantes estudios sobre la historia del Reino Unido y su relación con Europa), la Unión Europea se encontraría en una situación de inseguridad ante Rusia el día que perdiera al Reino Unido. «¿Qué otra potencia nuclear, con un sitio en el UNSC les quedará a los europeos cuando Rusia llame a la puerta?», preguntó el profesor Simms, convencido de que los europeos cometían el mayor error de su existencia al humillar a Londres en las negociaciones del brexit. Levanté la mano y dije: «Francia». No le pareció suficiente.

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Viñeta publica en The Telegraph, en marzo de 2018, inspirada en una viñeta similar de 1900 en la que se caricaturizaban los países europeos, mostrándose Rusia como la principal amenaza a su seguridad. Nótese que mientras el Reino Unido se marcha de la escena y Merkel trata de apaciguar al pulpo Putin, Macron mira hacia otro lado. 

Lo cierto es que, para bien o para mal, tras salida del Reino Unido, Francia se convertirá en el eje de la seguridad europea. Esto es algo que inquieta severamente a Alemania. (Se resucitan los viejos recelos). Francia, y en particular su presidente Emmanuel Macron, tienen una concepción diferente de lo que supone la política de defensa. Mientras que Alemania espera que la salida del Reino Unido sea lo menos traumática posible para así poder seguir manteniendo el statu quo (compartiendo la responsabilidad con Francia), en París quieren aprovechar el brexit para cambiar el sistema de defensa como tal. Y ello pasa por una revisión de lo que supone la OTAN, que recientemente el presidente Macron tachó de estar «en muerte cerebral». Francia siempre ha recelado de la Alianza Atlántica (de hecho Charles de Gaulle la rechazó y Francia se mantuvo al margen hasta su reingreso en 2009).

La relación con los Estados Unidos de Trump complican todavía más la situación. Francia espera poder liderar una Europa que mire más por sus intereses y que se deshaga de un vínculo que los anglosajones ya no ven como antes. Alemania, por supuesto, es contraria a esta retirada de la presencia anglosajona que es la que actúa de contrapeso. Francia ya es una de las dueñas del sistema político europeo; Alemania no puede permitir que sea la única dueña del sistema militar, porque entonces el político vendrá después. Berlín no tiene fuerza (ni disposición histórica) como para ser el contrapeso de Francia; siempre dejó esa labor al Reino Unido y Estados Unidos. Ahora que los anglosajones se van lo que se preguntan en Berlín es: ¿quién detendrá a los franceses?

Macron aspira a que Europa tenga su propio sistema de defensa colectiva en el que no participen las potencias anglosajonas — a las que ya se sabe en absoluto comprometidas con el proyecto europeo — y que sea diferente de la OTAN. Esto pasa por dos cuestiones: la enemistad intrínseca con Rusia y la relación con Turquía. En Francia saben que Moscú es la principal amenaza pero tampoco rechazan una estrategia de acercamiento con Rusia para proteger sus intereses. El sistema de defensa europeo que reemplace a la OTAN contará con Francia como única potencia de proyección global (i.e. con armas nucleares, sitio permanente en el UNSC y presencia en el mundo) lo que hará que el sistema europeo en su conjunto (Unión incluida) pasen a formar parte de la cola del tren francés. La retirada del Reino Unido y el aislacionismo de Estados Unidos abren la puerta a una oportunidad de dominio francés como no se veía desde tiempos de Luis XIV, cuando la falta de oponentes que la cuestionaran dejó a Francia como líder del sistema europeo. En los siglos XIX y XX, el Reino Unido se había mantenido distante de Europa porque esperaba que Francia y Alemania neutralizaran a la otra. El error ahora es pensar que Alemania puede actuar de contrapeso. No puede. Podrá repartirse el poder en las instituciones europeas con Francia pero en el terreno militar no puede seguirla ni de cerca (principalmente porque carece de un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU, lo que es absolutamente fundamental para constituirse en «gran potencia»).

Así las cosas, hay dos formas, en mi opinión, de proceder. La primera es una clave del realismo: el bandwagoning, seguir la estela del ganador porque ahí es donde están los beneficios. Dado que el paradigma de este siglo es el de un retroceso y aislacionismo de los anglosajones, Francia se convierte en el sustituto natural para liderar Europa. Si llega el momento, Alemania se esforzará por que la distancia entre ambas sea mínima. Esto, sin embargo, conlleva los siguientes problemas: Francia es una potencia mucho más inestable de cara a la política exterior de lo que jamás fueron Estados Unidos o el Reino Unido. En Francia no existe una tradición de grandes doctrinas de la política exterior. Se orienta, normalmente, hacia lo que más convenga a sus intereses y tiene vocación de potencia hegemónica, que no de líder de una alianza. La otra opción es adaptarse al nuevo statu quo y porfiar por mantener un equilibrio con las potencias anglosajonas, evitar que se retraigan. Esto pasa por resucitar la OTAN mediante una mayor contribución de los países pequeños a su mantenimiento para aplacar a Estados Unidos, que ciertamente sostiene el peso de la Alianza casi por sí solo. Las potencias medianas, España entre ellas, deben plantearse qué futuro de orden internacional es el que más les conviene y actuar en consecuencia en la cumbre de la OTAN. Los desafíos globales que se avecinan no pueden sorprender a Europa en la transición de un cambio que no vio venir. Es imprescindible trazar una estrategia a largo plazo que detalle cuál es la posición de Europa en el futuro: quiénes son nuestros enemigos, quiénes nuestros aliados, cuáles nuestros objetivos y cuáles los medios para lograrlos.

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