Es peor que un crimen, es un error

Cuando Napoleón ordenó en 1804 el asesinato Luis Antonio de Borbón, duque de Enghien y último miembro de la Casa de Borbón-Condé, sus ministros se escandalizaron. Había sido un crimen, dijeron: Enghien estaba indefenso y las fuentes que lo vinculaban a una conspiración realista carecían de fundamento. Joseph Fouché, ministro de la Policía, corrigió a sus compañeros de gabinete con esta frase: «C’est pire qu’un crime, c’est une faute» (Es peor que un crimen, es un error). Efectivamente fue un error: en las cancillerías europeas resucitaron los peores fantasmas de la Revolución francesa, aumentaron los apoyos a los realistas y se provocó la guerra con Rusia. Ayer se conoció que el Gobierno del presidente americano Donald J. Trump se ha cobrado la cabeza del principal estratega iraní, el general Qasem Suleimani, que ha muerto en un ataque con drones en Irak. Estados Unidos argumenta que con su muerte, se abortaban nuevas tentativas de dañar a sujetos diplomáticos y militares americanos en Oriente Medio. Sobra decir que Enghien no era Suleimani. Éste último ha sido el hombre fuerte de Irán desde hace más de catorce años, un auténtico sátrapa del régimen islámico, conocido por su crueldad; una verdadera amenaza para la seguridad de la región. (El pobre de Enghien vivía a la sombra de sus ancestros y fue más famoso por su muerte que por su vida). Sin embargo, acabar con la vida de Suleimani no deja de ser un error, al menos en el momento en el que se plantea.

Es fácil decir que Estados Unidos se ha equivocado acabando con Suleimani. Sin embargo, no podemos llegar a imaginar las implicaciones estratégicas que ha tenido esta operación. Puede que fuera el momento decisivo para liquidarlo, y que era una amenaza severa para los intereses americanos es algo que está fuera de duda. No obstante, no podemos obviar las consecuencias que en el largo plazo tendrá el impacto de que Estados Unidos haya matado al que podríamos llamar líder de Irán en la sombra (Suleimaini era el único —dato sorprendente— que despachaba a solas con el líder supremo, el ayatollah Ali Jameni).

Lo principal, como ya ha advertido la República Islámica de Irán, es la represalia que tendrá la muerte del general. La ya de por sí tensa relación entre Washington y Teherán empeorará en las próximas semanas. Seguramente asistamos a episodios como los que sucedieron en el verano en los que Irán atacó buques petroleros con el objetivo de alterar las rutas petrolíferas en el Golfo. Asimismo, Teherán estará mandando nuevas instrucciones al grupo miliciano chií Hezbollah, que opera en la costa de Siria y que depende económica y militarmente de Irán. Un nuevo escenario que se abre a partir de la muerte de Suleimani es Irak: la pugna entre Irán y Estados Unidos por dominar las ruinas de este país se encrudecerá y con pésimas consecuencias, previsiblemente, para Estados Unidos. En el ataque a Sulemaini se produjo a las afueras del aeropuerto de Bagdad lo que ha hecho que el Gobierno iraquí lo considere una intolerable violación de su soberanía. Es de esperar que se hermane con Irán después de lo sucedido. Se está rompiendo el patrón que se esperaba siguiese la política iraquí: que el Gobierno fuera un aliado de los Estados Unidos, una especie de Estado clientelar que ayudara a mantener la balanza de poder en la región. Trump habrá acabado con Sulemaini pero también con sus posibilidades de que Irak se convierta en un Estado fiable, ya ni siquiera un aliado, en Oriente Medio. El Estado revolucionario de Irán emponzoña todo lo que toca y si extiende su influencia sobre Irak, el equilibrio de poder en la zona se verá peligrosamente alterado.

Iranian supreme leader Ayatollah Ali Khamenei
El general Qassem Suleimani (centro) junto a otros altos dirigentes de la Guardia de la Revolución Islámica, el cuerpo de élite de la República, en Septiembre de 2016. 

Así las cosas, la muerte de Suleimani ha sido como levantar la tapa de una enésima caja de Pandora en Oriente Medio pues además aleja cualquier tipo de posibilidad de encuentro entre Irán y Estados Unidos. Es evidente que Washington no ha pretendido con este ataque forzar a Irán a sentarse a la mesa de negociación: la estrategia de Trump pasa por confrontar con Irán, no con acomodarlo en el sistema internacional. Ya se vio con su decisión de retirarse del Acuerdo Nuclear de 2015 en mayo de 2018, lo que conllevó a imponer de nuevo durísimas sanciones económicas sobre Irán. Lo peligroso es que la muerte de Suleimani da al traste con cualquier posibilidad de que Irán se siente a negociar incluso en una situación post-Trump. Sería demoledor para el régimen de los ayatollahs pactar con quien arbitrariamente asesinó al gran héroe nacional, al hombre aclamado que llevaba sirviendo a la República desde que se derrocó al último shah.

La muerte del totémico líder aleja a Irán lo echa en brazos de los enemigos de Occidente, es decir, Rusia y los «rogue states» (Corea del Norte, Afganistan…) La estrategia de conciliación, que es la que más seguridad brindaría a una región clave geoestratégicamente, naufraga. El ataque encapsulará a Irán en un aislacionismo rabioso y revanchista del que lo primero que puede emerger es el desarrollo de tecnología militar nuclear. Irán es un Estado al que no se quiere dar motivos para que emprendiera una política expansionista por una razón: su ideología. No se mueve por razón de Estado sino por principios ideológicos, como se vio en la Guerra Irán-Irak (1980-88). Si es en nombre de la ideología que mueve, que sustenta vitalmente, la República, Teherán no dudará en emprender aventuras peligrosas que incluyan, por supuesto, armas nucleares. La oportunidad que Occidente tuvo con el Acuerdo de 2015, era la de, paulatinamente, conseguir que Irán se integrase en el sistema internacional y quedara, al tiempo que era integrado, constreñido por el mismo. Pero lo único que se está dando a Irán son razones para que aumente la presión que ejerce desde Ormuz hasta el Líbano.

En plano más global, la tormenta que vendrá a raíz del ataque tendrá una consecuencia fatal: enquistará de nuevo el conflicto en Oriente Medio y cegará a Occidente ante el crucial problema asiático. Lo que durante la administración de Barack Obama se conoció como el «giro hacia Asia» (pivot to Asia) puede estar a punto de estallar. Si la muerte de Suleimaini libera, como todo apunta que liberará, los fantasmas de la confrontación en Oriente Medio, Estados Unidos se verá obligado a replegarse de Asia donde la China de Xi Jiping tendrá carta blanca para llevar acabo su propio expansionismo. El verdadero problema para Estados Unidos está en el Extremo Oriente, no el Medio. En vez de llevar acabo una política de offshore balancing, mediante la que se permitiría que Rusia fuera el árbitro de las disputas entre árabes y se conciliaría con Irán para constreñirlo en un sistema regional en el que las otras potencias (Irak, Emiratos Árabes, Arabia Saudí) encontraran junto a ella el equilibrio, Estados Unidos ha agravado la desestabilización de la región por cumplir un objetivo en el corto plazo. Dado que Trump ha ordenado el envío de 3500 soldados a Oriente Medio, es previsible que esta situación se prolongue en el tiempo. Ese tiempo, precioso, se lo regala Trump a Xi. En la Casa Blanca se llevan a engaño si creen que acuerdo que se avecina para poner fin a la guerra comercial supondrá el freno de las aspiraciones chinas de adquirir la hegemonía en Asia. Si América vuelve a ofuscarse con un conflicto quístico en Oriente Medio, le estará dando a China una oportunidad de oro para revertir lo que en el Extremo Oriente quede del orden internacional liberal.

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