Media hora basta

La genial serie televisiva británica de los 80, Yes, Minister, empezaba uno de sus capítulos con una conversación entre el Primer Ministro y el Ministro del Consejo (Cabinet Secretary) en la que el premier expresaba su deseo de almorzar cada día con un embajador distinto, evitando así que tener que costearse de su bolsillo un chef en Downing Street.

Le dice el Cabinet Secretary:

The Foreign Office will object, sir… (El Ministerio de Exteriores se opondrá, señor).

Why would they? (¿Por qué motivo?).

Because half an hour between the prime minister and an ambassador is usually enough to ruin months of delicate diplomacy (Porque media hora entre el primer ministro y un embajador basta para que se arruinen meses de delicada diplomacia).

Media hora, veinticinco minutos, cuarenta o lo que quiera —dependiendo de la versión que fabrique el aparato del Gobierno— que durara el encuentro entre el ministro de Fomento, número 3 del PSOE, y la representante del Gobierno ilegítimo de Nicolás Maduro, la sátrapa Delcy Rodríguez, bastó para arruinar la posición de España respecto a Venezuela. En el anterior artículo, expliqué lo costoso que es y será el proceso de recuperación de las instituciones, sometidas a un estiramiento insoportable por parte de Pedro Sánchez. Si hay algo que tarda todavía más que la institucionalidad en regenerarse es la posición exterior. Estados Unidos y el Reino Unido aún padecen los efectos de una guerra iniciada en Irak hace diecisiete años. La conversación que tuvieron Ábalos y Rodríguez, el hecho de que la vicepresidenta de la dictadura chavista pisara suelo español, las mentiras en las que el ministro se ha enredado, el desprecio del gobierno Sánchez al presidente interino Juan Guaidó; todo ha hecho que durante estas últimas dos semanas, España terminase de perder la posición de su política exterior y dejase de ser, a ojos de los socios europeos y americanos, el vínculo fiable con Iberoamérica que nuestro país, genealógicamente, es.

El caso de Ábalos es crucial por las circunstancias que concurren en su contexto. Mientras Rodríguez y él conversaban en el avión y en suelo español, Sánchez se negaba a recibir a Juan Guaidó que recién venía de entrevistarse con el primer ministro británico, el alto comisario para la política exterior de la Unión (Josep Borrell), la canciller alemana y el presidente de la República francesa. El desplante del presidente del Gobierno hacia el único presidente que el Reino de España reconoce como legítimo en Venezuela entrega oxígeno en la comunidad internacional al régimen de Maduro pues evidencia una fractura en el seno de países aliados que apoyan a Guaidó. Esa es la razón por la que el Departamento de Estado estadounidense mostró su descontento y aseguró que España estaba torpedeando la estrategia europeo-americana respecto a Venezuela. Y es que no es una coincidencia el desplante a Guaidó y la reunión de Ábalos. ¿Qué hacía Delcy Rodríguez en Madrid? Era conocido que por crímenes de lesa humanidad pesan sobre ella sanciones que impiden su entrada en territorio y espacio aéreo de los Estados miembros de la Unión. (Rodríguez, para los que sostienen que es la parte moderada del chavismo, fue la que instó a los venezolanos famélicos a no tocar los alimentos de los convoyes de ayuda humanitaria ofrecidos por la comunidad internacional porque venían envenenados y les provocarían cáncer). Si la vicepresidenta vino a Madrid fue a petición del Ejecutivo y ya conocemos que hay una parte del gobierno de coalición que aunque carente de poder aún tiene influencia y sobre todo en lo que respecta a la Izquierda bolivariana. ¿Venía Delcy Rodríguez a verse con el vicepresidente Pablo Iglesias y Ábalos la interceptó? ¿O vino a petición de Pedro Sánchez para hacer partícipe a Ábalos, hombre de máxima confianza del presidente, de los trapos sucios que guardan los de Unidas Podemos en Latinoamérica? La teoría de que Ábalos y Rodríguez estaban negociando una salida democrática en Venezuela no se sostiene: de haber sido éste el caso, se hubieran reunido en un país neutral y la discreción hubiese sido máxima. De la reunión con la agente del chavismo no iba a salir nada que beneficiase el interés general de España ni por supuesto de Venezuela.

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El expresidente Zapatero junto al dictador venezolano Nicolás Maduro, su segunda, Delcy Rodríguez, y otros jerifaltes del chavismo reunidos en el Palacio de Miraflores, 2018.

A esta truculenta historia se une el (atroz) factor del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero a quien el Gobierno, si de veras está comprometido con la restauración de la democracia en Venezuela, debería inmediatamente conminar a que cejase en su papel de abogado defensor del chavismo. La siniestra diplomacia paralela que está llevando a cabo Zapatero y que el Gobierno de Sánchez le consiente, está contribuyendo de forma nefasta a la imagen de la política exterior de España. Zapatero, como expresidente del Gobierno, representa informalmente (que no oficialmente) al Estado español; es una figura muy representativa del mismo. Su apoyo al terror bolivariano —arraigado seguramente en una multiplicidad de factores entre los que se encontrarán su estrechez de miras, su prejuicio ideológico y seguramente turbios asuntos de corrupción referentes a su embajador en Venezuela Raúl Morodo— socava la posición internacional de España que difícilmente puede presentarse ante Occidente como la puerta a Iberoamérica si uno de sus expresidentes tacha a Guaidó de simple opositor y hace de abogado defensor del más sanguinario chavismo.

El presidente del Gobierno no recibe a quien considera el presidente legítimo como sí hacen sus homólogos, su mano derecha se ve nocturna y alevosamente con la de Maduro, un expresidente del Gobierno hace de mediador a favor siempre del chavismo, el vicepresidente del Gobierno define a Guaidó como opositor ilegítimo y la ministra de Exteriores se encuentra en medio de un campo de tiro; las contradicciones en el seno de un Gobierno con vínculos más cercanos al chavismo de los deseables dinamitará la posición de España en el mundo. En un asunto capital para Occidente, que tiene un compromiso con la política liberal-intervencionista y humanitaria (o al menos esa es la postura que se está adoptando respecto a Venezuela), España duda y hace que el resto de países duden sobre su compromiso.

La crisis de Venezuela es complicada y no solo por la apocalíptica situación humanitaria que atraviesa el país. Venezuela representa el cambio de paradigma en el orden mundial, el regreso de la balanza de poder. La razón por la que la comunidad internacional no puede intervenir para prevenir la masacre humanitaria como hizo en Libia en 2011, o como meditó hacer en Siria en 2013, es porque el juego ha cambiado: el equilibrio en el Caribe es comprometido pues las manos que mecen la cuna de Maduro son las de Cuba, Rusia, China e Irán. El Hemisferio Occidental no es ya el jardín trasero de Estados Unidos que está poco menos que atado de pies y manos ante la cuestión venezolana. Con su política confusa y, si se me permite, proclive al régimen chavista, España está lanzando un mensaje a sus aliados: en el actual mundo de la balanza de poder, España rompe con el bloque occidental. Seguramente Sánchez, cegado, muy a pesar de todos los españoles a los que gobierna, por su ambición y deseo de sobrevivir, no se percata del daño a largo plazo que está infringiendo a España. Está haciendo que el país quede retratado como un socio poco fiable. Él, que tanto arguye que bajo su mandato España a recuperado su lugar en el mundo y no hay día que no se ponga el pin de la Agenda 2030, no se da cuenta de que su errática política —tenga el avieso fin que tenga— está perjudicando nuestras relaciones con nuestros aliados y nuestra posición en la comunidad internacional.

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