¿Nacionalismo progresista? Un complejo colonial

El Partido Nacionalista Vasco (PNV) y lo que era Convergencia y Unión (ahora una diluida dentro de Junts Per Catalunya) representan herencias de dos tradiciones nacionalistas del siglo diecinueve muy ligadas al movimiento carlista. El carlismo, arraigado en Navarra, País Vasco y el Maestrazgo, se erigió en defensor de los fueros históricos para aunar apoyos al absolutismo frente al centralismo de los liberales de Isabel II. El PNV fue fundado por Sabino Arana, que había combatido en la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). En Cataluña una elitista burguesía, enriquecida con la industrialización, comenzó a pugnar por un mayor control político, dando pie al catalanismo político de comienzos del siglo XX. Ambas eran, y siguen siendo, tradiciones profundamente conservadoras. La burguesía catalana rechazaría cualquier tipo de política que la privase de riqueza. Durante la Semana Trágica de Barcelona (1909) y el Trienio Bolchevique (1918-1921) fue esta burguesía la que más padeció a manos del anarquismo armado y el proletariado militante. En el País Vasco, el nacionalismo iba aparejado a una defensa del fuero y del privilegio histórico que concedía una monarquía absoluta y profundamente católica. ¿Por qué, sin embargo, en el siglo XXI, patentes aún los planteamientos archiconservadores de estos nacionalismos, la Izquierda se congracia con ellos? ¿Por qué ha imperado la creencia de que el nacionalismo es una fuerza progresista?

El PNV es el socio más importante del actual gobierno de izquierdas. De forma advenediza, solamente unas semanas después de haberse llenado los bolsillos pactando los presupuestos con el Gobierno de Mariano Rajoy, entregó el poder a Pedro Sánchez en la moción de censura. El PSOE de Euskadi es el socio preferente del lehendakari Íñigo Urkullu en el País Vasco y, en Madrid, el Gobierno de Pedro Sánchez depende de Aitor Esteban. Pero para el PSOE ese PNV, que no ha cambiado su doctrina desde tiempos de Arana, no forma parte de la reacción sino del progreso. La razón por la que considera al PNV y a fuerzas como Esquerra Republicana y Junts per Catalunya progresistas (por el hecho nacionalista, que no social) es porque son nacionalismos disgregadores. La Izquierda española está enmarcada mentalmente en una concepción de la política en la que el nacionalismo que busca escapar y conformarse en Estado separado, es positivo, el que busca aunar y unificarse es negativo. ¿La razón? Un complejo colonial.

Existen dos nacionalismos desde el siglo XIX: el integrador, que buscaba la unidad de una nación separada y su constitución en Estado, y el disgregador, que consideraba a la nación oprimida por una fuerza mayor y ansiaba su independencia. Ejemplos de los primeros: los nacionalismos alemán, italiano y árabe. De los segundos: el nacionalismo eslavo en los Imperios austrohúngaro, otomano y ruso, el colonial en África, Asia y América. Una errada interpretación de la historia del siglo XX ha considerado que el nacionalismo integrador pertenece a una corriente conservadora. Vienen a la cabeza personas como Bismarck, Cavour, Hitler, Mussolini… campeones de una tradición unificadora. Se ignora la presencia de un férreo y cruelísimo nacionalismo soviético impuesto por las autoridades de la Revolución sobre Ucrania, Finlandia, los Países Bálticos, o el beligerante nacionalismo integrador de la China comunista respecto a Taiwán. El nacionalismo disgregador, por el contrario, se ha asociado a la progresía simplemente porque se le ha dado un ontológico carácter anti-colonial. Desde la pugna de checos, polacos, croatas, macedonios… por librarse del yugo de los grandes imperios plurinacionales europeos, a la descolonización que siguió a la Segunda Guerra Mundial, toda lucha de un pueblo contra un Estado imperial ha sido ensalzada por parte de la Izquierda moderna. Ésta, que busca desesperada en la historia los momentos de la «Lucha» (la de clases, que la inspira), encuentra en los envites del nacionalismo disgregador una forma de contestación del régimen y, por tanto, de progresismo. No importa si lo que deviene de dicha lucha es conservador; el hecho de estar luchando contra la autoridad ya es en sí progresista.

Es extensa la trayectoria que hace que la Izquierda española perciba a los nacionalismos de derecha como fuerzas progresistas. Tras la primera, y tímida, descolonización que sucedió a la Primera Guerra Mundial (tras la cual emerge el concepto de la autodeterminación para las naciones oprimidas por Imperios plurinacionales), la Izquierda española ve en el nacionalismo periférico de Cataluña y el País Vasco una similitud con el nacionalismo disgregador que había derribado a las viejas monarquías europeas. Empieza un cortejo entre ellos, especialmente llegada la Segunda República y surgido un movimiento nacionalista abiertamente izquierdista como Esquerra Republicana en 1930. La revolución de 1934, en la que Esquerra Republicana proclamó la independencia de Cataluña, fue contenida por un gobierno conservador luego como ataque político a dicho gobierno, la Izquierda, cada vez más exaltada, la Izquierda no situó junto al nacionalismo disgregador y no con a la defensa de la nación. Durante el franquismo se solapa el concepto de dictadura conservadora con el de centralismo con el de represión de las indentidades nacionales de España. El nacionalismo vasco y catalán se convierte en enemigo del franquismo lo que directamente lo clasifica como demócrata y progresista. Esta asociación ocurre mientras en el mundo impera el segundo proceso de descolonización que acabó definitivamente con los imperios ultramarinos. La Izquierda interpreta, no obstante, que en España un gobierno autoritario está aún imponiendo el centralismo imperial sobre regiones que se siente nación.

La Izquierda actual recupera este discurso, que ya en buena parte ignoró la Izquierda de Felipe González durante los años 80, para justificar su acercamiento a partidos como el PNV y Junts Per Catalunya. Para el PSOE es una virtud ser nacionalista pues supone haber luchado contra el franquismo y formar parte de una batalla global contra el imperialismo. Se es nacionalista, a ojos de la Izquierda, antes que conservador. Así, mientras el nacionalismo integrador, el nacionalismo de Estado, la Izquierda lo sostiene como inseparable del autoritarismo imperial, la lucha por desgajarse del Estado central —que es opresor per se, pues con su existencia niega la condición de Estado a quien se siente con identidad suficiente para constituirse uno— se toma como parte de la «Lucha» (de clase) y, por lo tanto, ligado a la Izquierda y al progresismo. Es la historia de un gran engaño pues la Izquierda asume como verídico el relato de que Cataluña y el País Vasco son naciones sometidas al control de un imperio que busca la uniformidad forzosa del territorio que lo compone. Es una forma, burda, patética, con la que Izquierda trata de recordarse a sí misma que nunca ha dejado de luchar contra el régimen establecido. Es un complejo colonial, una acepción subconsciente del hecho de que España es un Estado opresor del que hay que redimirse. De lo contrario se produciría una defensa de la nación en su conjunto que, a sus ojos, solamente podría clasificarse como conservadurismo imperial y reaccionario.

2 comentarios sobre “¿Nacionalismo progresista? Un complejo colonial

  1. Me pregunto porqué escribes la Izquierda (así, con mayúscula) y a la vez la derecha (así, con minúscula). Pareciera que le das más personalidad a una que a la otra…

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  2. Porque cuando se sustantivan tanto Izquierda como Derecha los escribo con mayúscula, mientras que cuando solo adjetivan van con minúscula. En este caso, no hay Derecha con mayúscula porque no me refiero en ningún momento a la Derecha como ‘parte del espectro’, en ningún momento es sustantivo, mientras que Izquierda sí.

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