La revancha del lenguaje

¿Qué diablos causó lo sucedido entre el martes y el miércoles? En circunstancias normales —y en este caso no es la pandemia lo que denota la anormalidad— podríamos pensar que la confusión o astracán de ayer era una maniobra por parte de algún ministro desencantado para provocar una crisis de gobierno de cara a obtener un beneficio electoral. Pero en este caso, la bochornosa tormenta de EH-Bildu y la Reforma Laboral no fue provocada por aquel a quien más beneficia: Pablo Iglesias. La lógica del cui prodest no sirve en esta ocasión para explicar lo acaecido. Podemos es el mayor beneficiario de esta crisis. Lleva tiempo queriendo abandonar el barco antes de que se hunda y tener vía libre para criticar al PSOE presentándose en unas futuras elecciones (otoño, pronosticamos) como el guardián de las esencias de la Izquierda. Por eso Iglesias se ha aferrado al pacto con Bildu, diciendo que es inquebrantable: se han comprometido a derogar íntegramente la Reforma Laboral y si el PSOE ahora no quiere cumplir, Iglesias tendrá la excusa perfecta para abandonar el Gobierno. No es una casualidad que precisamente ayer, en plena vorágine, Iglesias tensara de manera tan deliberada la cuerda hablando de que «espera ver pronto a los líderes del procés de vuelta en las instituciones».

La situación es la perfecta para Iglesias pero la responsabilidad es de una de esas personas que, tristemente, son epítetos de lo que se llama «clase política»: Adriana Lastra, acérrima sanchista y portavoz del Grupo Socialista en el Congreso. Ahora es cuando se debe ser sutil en la explicación de lo que ha supuesto esta «revancha del lenguaje». Lastra no ideó el pacto con Bildu. Fue idea de Pedro Sánchez, que sin necesitar los votos de Bildu para prorrogar el estado de alarma, se presentó a pactar con la herencia de Batasuna para presionar y mandar un mensaje a Esquerra Republicana, que votaba «no», y,  si pensamos de forma siniestra, humillar o amedrentar a Ciudadanos —partido que Sánchez aborrece en lo personal. La idea no era que el PSOE se abriera a derogar la Reforma entera —ya vemos las repercusiones—; solamente le interesaba, por coherencia y por no levantarse un día con siete millones de parados,  derogar lo que llaman «aspectos lesivos». El problema está en el adjetivo «íntegro», utilizado por primera vez entre el PSOE y sus socios en un texto referente a la Reforma.

Bildu y Podemos se la juegan a Adriana Lastra e incluyen dicho adjetivo. ¿Y por qué se concluye que se trata de un fallo intelectual de una persona poco leída, poco enterada y rentista de lo público desde los dieciocho años? Porque ante el huracán que su firma ha provocado, la portavoz se mantiene ignorante: lo del adjetivo le parece algo trivial. Declara en «Al Rojo Vivo» la Sra. Lastra que el texto firmado entre los tres partidos de izquierdas es el mismo del acuerdo de coalición de PSOE y Podemos (enero) y el mismo del texto que se difundió a los medios en la medianoche del miércoles via Whatsapp como versión oficial de lo firmado con Podemos y los abertzales. Sin embargo, los textos son diferentes. Tanto el de enero como el de la «versión» de Whatsapp que suscribe solo el PSOE carecen de la expresión «derogación íntegra». Lastra se excusó en La Sexta: «Solo cambia el adjetivo». Y con eso cambia todo. La adjetivación es fundamental, puede cambiar completamente el significado de la oración. Gramaticalmente este tipo de adjetivos se denominan «especificativos» pues describen una particularidad del sustantivo, distinguiéndolo de todo lo demás que se le pueda asemejar: esta derogación es, específicamente, íntegra — total. Y legítimamente el PSOE ha comprometido en ello su palabra.

Dada la explicación de la Sra. Lastra («solo cambia un adjetivo») es evidente que este aquelarre de políticos que patean con sordidez el idioma, no ven en la Lengua española más que un vacuo instrumento para demonizar, santificar y divinizar lo que según su criterio político lo merezca. Les parece vital decir «diputados y diputadas», pero superflua la aparición del adjetivo «íntegro» en la descripción de una acción política que —insisto— han firmado cumplir (ya no es tan sencillo como Sánchez contradiciéndose a sí mismo; esto es un compromiso firmado con socios preferentes). Ha quedado demostrado que para la Sra. Lastra las palabras son entes, cosas, garabatos, totalmente carentes de sentido y que lo mismo da «derogación» que «derogación íntegra». The devil is in the detail, que dicen los ingleses. No parece que los debates públicos en torno a adjetivos especificativos como «violento» (tipo de rebelión), «tumultuario» (tipo de sedición) y tantos otros hayan suscitado en la portavoz socialista el mínimo interés. Haría bien, para la próxima metedura de pata, en saber que el lenguaje y en concreto los adjetivos sirven para mucho más que para calificar al PP de ultra y a Vox de «ultra-ultra» (por cierto, brillante despliegue de vocabulario éste).

Los adjetivos denotan el significado de la oración, para que lo aprendan quienes piensan que un adjetivo no cambia nada. Y no solo pueden alterar significativamente el significado. En algunos casos también pueden dinamitar proyectos políticos enteros. Ciudadanos, que había salvado el despotismo de Sánchez quince días más, ha quedado engañado, vejado y humillado: su pacto impedía el pacto del PSOE con Esquerra, pero no el pacto con Bildu. Incluso peor para Sánchez es el enfado que esto ha provocado en el Partido Nacionalista Vasco. Después de apoyar también la prórroga del estado de alarma, el PNV se encuentra con que el PSOE, su socio (también en el País Vasco), le relega a EH Bildu —su principal competidor electoral— la posibilidad de colgarse la medalla de la derogación de la Reforma. El punto segundo del acuerdo PSOE-Podemos-Bildu establece que la Reforma se derogaría antes de finalizar el estado de alarma. ¿La razón? Al terminar el estado de alarma (previsto en los planes de Sánchez para final de junio) se celebrarán los comicios autonómicos en el País Vasco (12 de julio). Bildu se presentará en ellos como el artífice de la abolición de la perversa Reforma del PP mientras que el PNV lo hará acumulando desgaste político por la crisis del coronavirus y con los restos de dos trabajadores aún sepultados bajo una montaña de basura en el vertedero de Zaldívar. Este ha sido un golpe bajo para el PNV que de seguro le hará replantearse cosas. Es un partido que siempre se ha vendido al mejor postor pero con algo tan delicado como las elecciones en su tierra, en Euskadi, es peligroso jugar.

Y, por supuesto, la cuestión vasca palidece en comparación con el problema que esto supone para la coalición de Gobierno. Iglesias está manejando esto con inteligencia. Por fin aparece firmado el compromiso del PSOE a derogar entera la Reforma; antes solamente lo habían sugerido entre susurros, temerosos de que los empresarios y Bruselas pudieran echárseles encima. Los de Podemos ahora ya tienen su presa, su trofeo. Ya lo ha sentenciado Iglesias: «Pacta sunt servanda» (lo pactado obliga). Se van a aferrar a esto para provocar un choque con Nadia Calviño y su ortodoxia que los precipite del Gobierno cargados de jugosas excusas proletarias. O puede que no, que Sánchez pierda el norte y apueste por Podemos y no por Calviño. Aunque improbable, dada la tormenta que él mismo con sus maniobras torticeras y burdas se ha traído encima en el peor momento, hemos de esperar cualquier cosa. Pero concluyendo: el quid de la cuestión tan bellamente tintado de justicia poética es que ese lenguaje ofendido por el insultante desdoblamiento y manoseo al que lo somete la Izquierda se ha tomado en esta ocasión su revancha.

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