La «nueva normalidad» es un problema para Sánchez

La expresión es orwelliana. Implica una especie de nuevo paradigma social, político, moral… de connotaciones terroríficas. Y a pesar de ser un (pobre) intento semiótico del Gobierno de Pedro Sánchez por retener el control sobre una situación (la post-Covid) que lo supera y lo derribará, esta «nueva normalidad» sirve para señalar un panorama político de gran interés y oportunidad para el regreso de la estabilidad política en forma de bipartidismo. El partido que más se beneficiará de la «nueva normalidad», siempre que sepa jugar bien sus cartas (algo que no está, para nada, asegurado visto el cariz de algunas de sus decisiones) es el Partido Popular. El PSOE, por el contrario, se ve, hoy más que nunca, prisionero de las palabras y promesas que tan fatuamente fue realizando —sin intención de cumplir— desde noviembre de 2019.

El liberal-conservadurismo tiene la oportunidad de cerrar el ciclo de inestabilidad que supuso el derrocamiento de Mariano Rajoy mediante la moción de censura en 2018. Podemos hablar del bienio izquierdista (2018-2020) (que seguramente será trienio, hasta 2021), un período de reconstitución de las esencias de la Derecha tras siete años de profundo desgaste gubernamental. El conservadurismo tradicional español, es decir el Partido Popular, ha demostrado que tiene un profundo arraigo territorial y amplia base social que le permite recuperarse de los varapalos —igual que por la Izquierda lo logra el PSOE—. Los partidos tradicionales continúan dominando el telón de fondo. Pero en esta ocasión de «nueva normalidad», el PP tiene la oportunidad para consolidarse definitivamente como la fuerza de la Derecha en España. Ciudadanos ha emprendido una huída hacia la izquierda para camuflar el burdo engaño de Pedro Sánchez —que no reniega de sus socios extremistas a pesar de pactar con los liberales. Vox ha demostrado su inutilidad máxima y falta de orientación política no apoyando ni siquiera el decreto de nueva normalidad que regula el vital uso de mascarillas y la distancia social —cosa que es impensable, ya que además el PP logró que se tramitase como proyecto de ley lo que posibilita el debate de enmiendas por parte de los grupos parlamentarios. Con un Ciudadanos vendido en su vergüenza al PSOE: se abren espacios que el PP debe ocupar.

A la Derecha moderada en España se la valora, más allá de ciertos momentos de repunte de fuegos ideológicos, por su utilidad: es una realidad sociológica que la Derecha española está menos ideologizada que la Izquierda. En ese sentido, el PP hace bien en apoyar el decreto de «nueva normalidad». La clave está en saber bailar el argumento de la utilidad al tiempo que se niega el pan y la sal al Gobierno siempre que lo continúe integrando la extrema izquierda. Me remito aquí a mi artículo del pasado abril, en el que dije que el mayor enemigo electoral de Pedro Sánchez y el PSOE es un Podemos fuera del Gobierno, con capacidad para criticar y denunciar la venta de la Izquierda social a las élites financieras nacionales y políticas europeas. Los votantes del liberal-conservadurismo, que verían con buenos ojos una entente PP-PSOE, incluso un gobierno de concentración nacional, no pueden aceptar que el PP de oxígeno a Podemos. El foco en el independentismo catalán, que ha sido el problema fundamental de los últimos años, no puede hacer que se normalice la presencia de la extrema izquierda en el Gobierno de la Nación por primera vez desde la II República. Es una labor del PP dejar claro que un gobierno tintado del extremismo sectario de Pablo Iglesias no es aceptable.

La conjunción astral no puede ser más propicia pues en estos momentos en La Moncloa se está haciendo incómodo el hedor que rezuman las cloacas del Estado. El extraño caso de la tarjeta SIM robada —¡qué novela policíaca más chusca podría salir de esto!— ha dado un giro terrible: involucra filtraciones interesadas a Podemos por parte de la Fiscalía Anticorrupción y ya ha captado la atención de un juez. La Fiscalía General del Estado (que ha quedado claro funciona como el vigesimocuarto ministerio) comienza las diligencias de una investigación interna contra el fiscal que ayudaba a la abogada de Iglesias, la tal Sra. Flor. El Gobierno enseña los dientes, dejando solo a Iglesias, negándole cualquier tipo de apoyo y esperando —muchos, sin duda— que este asunto lo consuma y aparte a un rincón, especialmente después de estos meses de poder que ha disfrutado. Este caso de la tarjeta y los fiscales puede acabar con la imputación de Iglesias en el Tribunal Supremo. Hasta que eso ocurra, si es que ocurre, la tónica general será un goteo de titulares incómodos que forzarán al PSOE a contorsionarse aún más para justificar la confianza en su aliado.

Y es que cuando Iglesias está en apuros, Pedro Sánchez lo está también porque no quiere dejarlo ir, no quiere dejarlo caer. ¿Los motivos? Uno) pragmatismo: Iglesias fuera del Gobierno puede resucitar el relato de la Izquierda auténtica y dañar electoralmente a un PSOE consumido por la crisis económica y sanitaria. Dos) ideología: Pedro Sánchez, a pesar de su falta de escrúpulos políticos y su realpolitik personalista y pasada de vueltas, está cercano a Podemos, a sus tesis; renegar ahora de la coalición de izquierdas, que ha sido su gran proyecto como presidente, sería un golpe personal y político inasumible. La situación en la que se va a ver el presidente es la del enemigo en casa. El PP no le dará los votos para unos presupuestos si Podemos sigue en el Gobierno. La relación con Esquerra Republicana atraviesa su peor momento debido al acercamiento con Ciudadanos que Sánchez pensó, en su estirada mente de malabarista, podía hacer compatibles. El caso de la tarjeta lo puede llevar a convivir con un imputado por revelación de secretos como vicepresidente, un vicepresidente al que no podrá destituir pues la presión de los recortes europeos y la crisis socioeconómica harán imprescindible para la supervivencia del PSOE que Podemos no esté en la calle con libertad para criticar. Todo ello sumado al complicado panorama judicial que enfrenta el Gobierno con las denuncias por la gestión de la crisis del Covid-19, el 8 de marzo, las purgas en el Ministerio del Interior… Sánchez está afrontando una crisis política terrible por su empecinamiento en la coalición, proyecto típico de un idealismo ignorante por supuesto incapaz de sobrevivir a un cataclismo como el del la pandemia. La «nueva normalidad» tiene todas las de convertirse en un suplicio para él. Está en manos del Partido Popular aprovechar la oportunidad de crisis para formar un equipo de renombre en términos de gestión y  consolidarse como la alternativa tradicional a la Izquierda.

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