Putin hasta 2036

Vladimir Putin (1952) se ha consolidado como líder de Rusia hasta 2036 tras obtener la victoria en el referendum para la reforma constitucional. Quedará suprimida la limitación de mandatos y podrá volver a presentarse a las elecciones después de 2024. Así, irá camino de convertirse en el líder ruso más longevo de la historia, superando los treinta años de Stalin (1922-1952) y los treinta y cuatro de Catalina la Grande (1762-1796). Putin trata de que Rusia recupere un estatus de gran potencia; desde luego algo ha conseguido: a pesar de tener una economía estancada y una sociedad paralítica y oprimida, Rusia sobrevive al juego de las grandes potencias a base de una constante huída hacia delante a base de expansionismo militar y diplomático. El «grand strategy» que mueve a Putin se resume con la frase que dijo en 1999, poco después de entrar en el Gobierno de Boris Yelstin: «La caída de la Unión Soviética es el mayor fracaso geopolítico del siglo XX». Pero lo cierto es que Rusia compite de una forma muy diferente a otras potencias por hegemonía en el sistema internacional. Putin se mueve en un marco mental de la Segunda Guerra Mundial, sino decimonónico: ve el control territorial y el intervencionismo político como extensiones de la diplomacia. Su modelo no es Stalin ni Brezhnev; él sigue los pasos, tanto en política interior como exterior, del zar Nicolás I (1825-1855). El retrato del duodécimo emperador de Rusia es el que cuelga en el despacho del Kremlin.

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Nicolás I Romanov, Emperador y Autócrata de Todas las Rusias retratado en 1852 por Franz Kruger.

Nicolás I accedió al trono en 1825 a la muerte de su hermano Alejandro I, el zar vencedor de Napoleón, y tras evitar que su hermano mayor Constantino reclamase su derecho como heredero. Era nieto de Catalina la Grande, la emperatriz de origen alemán que había tomado la Rusia que los herederos de Pedro el Grande destrozaban y la había catapultado a la gloria. Estaba obsesionado con el legado de su abuela, de igual forma que Putin lo está con el de la Unión Soviética. Consideraba que los herederos de Catalina —su padre y su hermano— habían destruido la inmensa obra de su abuela, obra que él debía restaurar.

A Nicolás se le considera el artífice de la Rusia contra la que se sublevaron mencheviques, liberales, bolcheviques y otros crisoles de partidos en febrero de 1917. Además de la creación del estado policial (con la inauguración en 1826 del Tercer Departamento de la Cancillería, organismo predecesor de la Okhrana, la policía secreta zarista), Nicolás I dio pie a la consolidación de un régimen que combinaba el autoritarismo divino de los zares, inspirado por Dios, y la concepción del nacionalismo. Es precisamente esta fórmula «revolucionaria» (para tan a comienzos del siglo XIX), la que Putin sigue a rajatabla.

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Vladimir Putin caracterizado como nuevo emperador de Rusia en la portada de The Economist bajo el título ‘A tsar is born‘ (Ha nacido un zar)’ en la edición por el centenario de la Revolución rusa, octubre de 2017.

Algo que los gobernantes autoritarios no harían hasta finales del siglo XIX —según sonaban los tambores de la Primera Guerra Mundial— y comienzos del siglo XX, Nicolás ya había hecho en 1825. El nacionalismo, fuerza revolucionaria nacida del impacto de la Revolución francesa, exportada por Napoleón por toda Europa, fue despojada de su componente «liberal-revolucionario» (la idea liberar a las naciones del yugo de los imperios) y transformada en una herramienta política de exaltación patriótica y afianzadora del régimen. Putin ha insuflado de nacionalismo conservador su régimen. Se ha posicionado muy cerca de la extrema derecha rusa —ríanse de la extrema derecha europea— para desarrollar un discurso que regresa a tiempos anteriores: a la nostalgia soviética (no por ser nostalgia del comunismo, sino de dominación mundial), a la cuestión del nativismo (lo que supone ser ruso), al recelo de Occidente y todo lo que trae, que es corrupto y desestabilizador de la sociedad rusa —pura, pétrea, eterna, verdadera. Esta no es una agenda soviética, porque en ella tiene especial importancia la influencia —crucial— que tiene en la sociedad la Iglesia ortodoxa. Putin ha resucitado el estado policial y la idea de un sueño imperial —que puede llamarse tanto soviético como zarista pues eran el mismo: la seguridad en Europa del Este— y además lo sostiene con uno de los principios políticos fundamentales que inspiraban al zarismo de Nicolás I: la «idea de Rusia».

Todos los países tienen un pecado original, una especie de cuestión ontológica de la que parten sus dilemas modernos. Son simples, axiomáticos: España, la unidad territorial de pueblos diferentes; Inglaterra, la pertenencia a Europa; Alemania, el dilema del centro, de moderar la ambición de la Mittleeuropa… El dilema de Rusia, escribía Serhi Plokhy en su libro «The lost kingdom: A history of Russian nationalism from Ivan the Great to Putin», es el de propia invención de Rusia, de su idea y, concretamente, del «dónde empieza y dónde acaba». Esta idea fue central al debate de los eslavófilos del siglo XIX en los que se miraba Nicolás I: Rusia empezaba en el este de Europa —aquello le interesaba mucho a los zares pues les permitía presentarse como protectores de los eslavos de los Balcanes, oprimidos por los otomanos— y se extendía hacia Asia. Pero si los límites hacia el este eran extraños, los límites del oeste eran los fundamentales no solo por la relación con los eslavos de Europa Oriental sino también con los polacos, escandinavos y caucásicos que conformaban la órbita del Imperio. En el tiempo de Nicolás, Polonia —católica e histórico reino independiente hasta que el Congreso de Viena (1815) se lo concediera a Rusia— era principal problema; en el tiempo de Putin, es Ucrania. A los Romanov les costó mantener Polonia integrada en el Imperio ruso —lo hicieron a sangre y fuego aplastando insurrecciones polacas en 1830, 1848 y 1864—; la Rusia de Putin ve en la Ucrania independiente lo que los zares hubieran visto en Polonia de haberse independizado de su corona: una amenaza existencial a la «idea de Rusia». Detrás de la invasión y anexión de Crimea en 2014 y la posterior guerra en Ucrania hay mucho más de nacionalismo que de geopolítica en el escenario del Mar Negro.

El componente nacionalista es lo interesante de estas cuestiones ya que en la pregunta de dónde empieza Rusia, si en Crimea, Polonia o Ucrania, cabe también la pregunta de qué es Rusia y qué no lo es. El autoritarismo nacionalista de Putin se basa además en la negación de la condición de «rusos» a ciudadanos de las ex-repúblicas soviéticas; las distintas etnias y religiones que cayeron dentro de la URSS después de 1922 no son bien recibidas en este nuevo imperio que aspira a una cohesión étnica y religiosa como la de los Romanov. El aumento de la inmigración desde aquellas antiguas repúblicas como consecuencia de la desestabilización política de sus regiones —el Cáucaso y Asia Central son campos de minas— y los efectos de la depresión económica, han revivido en la sociedad el sentimiento xenófobo de «Rusia para los rusos», del que Putin se beneficia y sobre el que construye.

El rechazo a Occidente es intrínseco a este proceso. Nicolás I temía, más que a nada en el mundo, al Times de Londres, a lo que en él se pudiera denunciar de la autocracia, y a su circulación clandestina por territorio ruso. El terror a los inmigrantes, al contagio de ideas que pudieran traer, también era típico. Nicolás temía al liberalismo; el liberalismo al que teme Putin es principalmente las denuncias de corrupción, de la persecución criminal de opositores políticos, disidentes, homosexuales…; pero la idea es la misma: acabar con todo aquello que amenace la esencia del tradicionalismo ruso. Puede que ahora que Putin ha consolidado su mandato hasta 2036 —tendrá entonces 84 años— convenga a Occidente mirar al precedente histórico en el que se mira el líder ruso. Para los estados del Sistema de Viena, Nicolás I era una amenaza —el gendarme de Europa, lo llamaban— para la paz y la estabilidad: acabó conduciendo a Europa a la primera guerra general, la de Crimea (1853-6), desde Napoleón. Para entender a Rusia, sobre todo la proyección exterior de su espíritu interior, el tiempo en el que hay que fijarse es en el de los zares, no en el de Stalin.

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