Despecho autoritario

Una de las principales diferencias entre la teoría del realismo y la del neorrealismo, está en su concepción de la persona como elemento político. Mientras que los neorrealistas achacan las complicaciones políticas —las causas de la guerra, los motivos para la paz— a las fuerzas operantes en un sistema abstracto de poderes, los realistas nunca abandonan el componente personal como factor. Para el realismo clásico de autores como Hans Morgenthau (Politics among Nations) el carácter de la persona que toma la decisión es imprescindible. Personalmente, tengo mis dudas respecto a las doctrinas del realismo clásico, pero comprendo la importancia que tiene el factor personal, en especial en el estudio de situaciones como la que afronta hoy la Comunidad de Madrid (CAM). Tiene mucho que ver con el factor y las circunstancias personales de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno.

Anoche, Sánchez amenazaba a la CAM con aplicar el estado de alarma si el Gobierno autonómico no lo solicitaba. Decretar la alarma para Madrid, con el peso político, económico y social de esa decisión, es un suicidio estratégico. El motivo por el que el Gobierno de la Nación acaba de hacerlo es el propio despecho del presidente. Ha decidido quemar todos los puentes y acabar así, aunque sea con esta victoria pírrica, con la guerra abierta con la CAM que viene sucediéndose desde principios de verano.

El plan perfecto de Sánchez era que Isabel Díaz Ayuso se inclinase ante él pidiéndole la alarma para acabar con su incompetente gestión de la pandemia. Pero Díaz Ayuso ha resistido lo que no está escrito: una cacería mediática sin precedentes por parte de todos los medios afines a la Izquierda, un atraso de los medios materiales prometidos por el Gobierno (por ejemplo medios policiales, con los que la CAM no cuenta), y una permanente espada de Damocles en forma de moción de censura usando a Ciudadanos como tránsfuga. Ha logrado revivir el mito de David frente a Goliat solo que en forma de desamparada presidenta frente a un Gobierno central movido solamente por patológica e ideologizada obsesión de derrocarla. Dicha obsesión a su vez ha devenido en gestión negligente del resto de asuntos relacionados con la Covid-19, porque desde que finalizara el estado de alarma en junio, el Gobierno de la Nación se ha olvidado de legislar para poder confinar sin necesidad de recurrir a la excepción constitucional. (Era más importante aclimatar el palacio de verano de Las Marismillas). España desde entonces se ha visto abocada a la segunda ola de coronavirus sin una norma reguladora para hacerle frente. No es una sorpresa que cuando el Ministerio de Sanidad trató de limitar derechos fundamentales con una norma de rango menor como es una orden ministerial, la Justicia se opusiera. La CAM hizo bien en defenderse de lo que era una tropelía jurídica presentando recurso. Isabel Díaz Ayuso le ganó el pulso a La Moncloa, que ya la tomaba por amortizada.

Los jueces del Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) no han tumbado las medidas sanitarias sino la forma jurídica en la que se trataban de imponer. Éstas eran una demostración de la poca consideración que el Gobierno de la Nación tiene por el Estado de Derecho y el ordenamiento jurídico. Ha quedado retratado en su despotismo. Y ahora, tras la bochornosa actuación de su gobierno, Pedro Sánchez ha optado directamente por el matonismo caciquista. De nuevo recurre a la estado de alarma esperando que muerto el perro se acabe la rabia. Está harto de esta guerra, este pulso que lo retrata como pésimo gobernante. Y ha decidido cortar por lo sano.

Es una reacción precipitada, totalmente instintiva. Y no solo viene motivada por el fallo del TSJM. Centren su atención en lo que sucedió el miércoles. El magistrado instructor de la Audiencia Nacional le chafó el día de gloria al presidente del Gobierno al elevar al Tribunal Supremo la petición para que se le imputen al vicepresidente Pablo Iglesias varios delitos. La atención de todos los medios se centró al instante en el líder de Podemos. Por la mañana, Pedro Sánchez había preparado un pomposo acto en el que intervendría ante todos los embajadores de los Estados miembros de la Unión Europea para presentar su plan de reforma y resiliencia económicas (fundamentales para acceder a los fondos de recuperación europeos). Era su día. Siempre fue su deseo consolidarse como líder internacional de la socialdemocracia en un momento en el que ésta estaba en decadencia en Europa. Era la ocasión. Amenizaría la velada tocando el Himno de la alegría el pianista James Rhodes — fanático sanchista. El plano mediático sería solo suyo ya que los vicepresidentes, incluido el molesto y acaparador Iglesias, intervendrían en una sesión (mucho menos promocionada) durante la tarde. Pero la tormenta desatada por los escándalos judiciales de Podemos le arruinó la jornada. Factor humano. Y al día siguiente, cuando creía tener a su bestia negra (la CAM) a su merced, los tribunales señalaron el abuso del Gobierno al saltarse el marco jurídico a la hora de confinar. La reacción es la lógica: despecho despótico, estado de alarma, prerrogativa de absoluto poder constitucional; se acabaron las tonterías, los tira y afloja, las cumbres para fomentar el inútil diálogo. El Sánchez que estamos viendo estos días es el Sánchez genuino. Este es el hombre autoritario que respira bajo las consignas faltas de escrúpulos y las demandas de sumisión maquilladas con palabras de consenso.

La parafernalia y el frenesí del momento no le están dejando ver el enorme error que está cometiendo. Lo primero, y además de consolidar su personaje de líder autoritario, Sánchez refuerza a Díaz Ayuso. Ahora sí es Juana de Arco contra los ingleses. Como de seguro ese refuerzo no se les escapa a los rasputines de la Moncloa, es probable que la moción de censura en Madrid esté más cerca que nunca. El Gobierno de la CAM debe convocar elecciones en cuanto le sea posible. Si ya era difícil que las urnas otorgaran una mayoría de izquierdas, después de este golpe del Gobierno central se antoja algo imposible. La Izquierda tratará de evitar las urnas y hacerse con el poder seduciendo a Ignacio Aguado y a otros tres diputados del ala izquierda de Ciudadanos — los hay de sobra. En segundo lugar: Sánchez está abriendo una peligrosísima caja de Pandora. Expertos en derecho constitucional ya han asegurado que habiendo medidas para confinar a la población (a través de leyes autonómicas como ya estaba haciendo la CAM con varios distritos), la excepcionalidad requerida para la validez jurídica del decreto de alarma decae. El Gobierno se va a ver aplicando una medida de emergencia sin que dicha emergencia exista pues ya hay en vigor una serie de medidas de nivel autonómico. Su decreto de alarma es, en esencia, una prolongación del abuso al que Sánchez viene sometiendo a la CAM. Es un clamoroso ejercicio de poder arbitrario frente al que el Gobierno autonómico no puede defenderse. La situación de estos días ha arrinconado a Sánchez y esta es la embestida, torpe y pasional, con la que pretende escapar. Ha cometido un grave error. Y en el fondo debe de saberlo.

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