Trump, Biden, Harris

Tres días después de las elecciones en Estados Unidos, puede afirmarse que la ventaja del candidato demócrata Joe R. Biden en los estados ‘bisagra’ lo convertirá en el próximo presidente de los Estados Unidos. Donald Trump intentará aferrarse a triquiñuelas legales para insistir en que le han robado la presidencia pero como se ha visto durante las últimas horas, hasta sus afines en los medios y el propio Partido Republicano están dándole la espalda. Si se empecina —y logra que alguien actúe— en que los demócratas han cometido un fraude, colapsará la democracia americana, pero en mi opinión eso es harto difícil; el sistema de checks and balances que mantiene a flote a los Estados Unidos sobrevivirá también a este presidente. La transición de poder se realizará, no sin ruido, eso sí, y Trump entrará en la exclusiva lista de presidentes de un solo mandato. En este artículo pretendo reflexionar sobre lo que ha sido Trump, lo que ha significado para Estados Unidos y para la política exterior americana, y lo que puede esperarse de la entrante Administración demócrata.

Última actualización del mapa de las elecciones americanas, publicado por «Politico». A última hora, Georgia se ha decantado por los demócratas, por primera vez desde 1992.

En Trump ha cristalizado el fin del llamado siglo americano (1916-2016). Él, como fenómeno, ha sido el resultado de una amalgama de nacionalismo cultural, económico, y étnico que abogaba por el aislacionismo. Ya hablamos en el pasado de que Trump se enmarcaba dentro de la tradición «jacksoniana» de la política americana, en oposición a los hamiltonianos, los jeffersonianos y los wilsonianos: una abdicación de los compromisos internacionales, un rechazo de la «guerra limitada» o de la guerra como extensión de la política (la idea de Clausewitz), y una concepción del «ser» americano no como el «City on the Hill», hacia el que todos miran, sino como el que ostenta una superioridad moral intrínsecamente nativista a la que otros no pueden aspirar. Trump no ha sido una anomalía. Ya ha habido otros presidentes como él. Henry Kissinger acusó en 1969 que, en lo que se refería a su relación con lo exterior, los Estados Unidos siempre habían ido alternando entre un rabioso aislacionismo (como el que sucedió a la Primera Guerra Mundial) y un desvivido intento por llegar a todas partes (como el que, pensaba, habían practicado los presidentes Kennedy y Johnson llevando al país a la desastrosa guerra de Vietnam). Trump ha sido de los primeros; George W. Bush, por ejemplo, pertenecía a la segunda tradición. Tanto Kissinger y Richard Nixon, como George H. W. Bush y hasta cierto punto Barack Obama, optaron por un regreso al pragmatismo, a la realpolitik, a una concepción de la balanza de poder ajustada al realismo clásico.

En Estados Unidos no se vota en clave de política exterior — como en gran parte de Occidente se piensa que se hace. De no haber sido por la triple crisis del coronavirus, Trump habría ganado aupado por los excelentes datos económicos, el aumento de los salarios, la reducción del paro a mínimos, y habría consolidado el regreso a la tradición aislacionista. Su política exterior no ha estado encaminada a otra cosa. Ha evitado el conflicto localizado que históricamente ha drenado la fuerza de Estados Unidos: ha, en esencia, intentado jubilar a Estados Unidos de su posición como potencia hegemónica. Y lo ha hecho con gran beneficio para sus votantes. El pulso comercial con China y la renegociación de tratados comerciales con México y Canada han sido muy beneficiosos para las zonas de Estados Unidos cuyas economías han sufrido los efectos de la globalización, como la deslocalización.

Ha gobernado para los suyos y con bastante éxito. El resto del mundo no puede decir lo mismo. Los comentaristas de prensa occidentales que apoyan a Trump elogian el hecho de que, a diferencia de los demócratas, no ha metido a Estados Unidos en ninguna guerra durante su mandato. Más allá de que esas aseveraciones ignoran las terribles consecuencias de la guerra comercial —España ha sido de las grandes perdedoras, especialmente su agricultura—, llevar a cabo una política pacifista es algo bien distinto a protagonizar una abdicación de las responsabilidades internacionales. El mundo dejado por Donald Trump es más peligroso que el de 2016. El proceso de desnuclearización de Corea del Norte no se ha llevado a término. La ruptura unilateral del acuerdo nuclear de 2015 con Irán ha contribuido a la inseguridad de la ya por sí tumultuosa región de Oriente Medio. La OTAN ha quedado seriamente dañada por la deriva americana, a lo igual que el resto de instituciones pertenecientes al orden internacional liberal que Estados Unidos aún lidera. Su presidencia ha supuesto la ruptura del consenso liberal pues ha brindado su apoyo, su aliento, a los regímenes iliberales (Hungría, Brasil, Polonia…) que desde dentro del mismo orden pretendían socavar sus principios básicos.

Estados Unidos es una pieza fundamental del orden internacional; las superpotencias no pueden jubilarse, citando de nuevo el famoso artículo de Robert Kagan. El avance de China, Rusia y de otras potencias iliberales no hubiera sido posible sin que Estados Unidos lo permitiera en el plano geopolítico. Por supuesto, el aislacionismo no se combate con el intervencionismo desmesurado —eso sería caer en el peligroso maniqueísmo señalado por Kissinger—, pero sí con una postura realista respecto a la posición de Estados Unidos en el mundo. Joe Biden puede ser el heredero de la tradición iniciada por Barack Obama, que se consagra precisamente a la realpolitik. Obama recibió una herencia complicada, unos Estados Unidos cuyo poder desgastado se encontraba estirado hasta el límite, involucrado en conflictos quísticos en Irak, Afganistán y otras regiones. Sus intenciones, sin embargo, pasaban por desarrollar una política exterior basada en el realismo clásico. (Las memorias de Ben Rhodes, asesor de Obama, The world as it is son muy reveladoras en este sentido). Dado que en el mundo se ha impuesto de nuevo a una dinámica de balanza de poder (great power politics), es imprescindible que los siguientes presidentes sigan este curso.

Los dos candidatos a vicepresidente: la demócrata Kamala Harris (izqda.) y el actual vicepresidente, el republicano Mike Pence (dcha.)

La polarización de estas elecciones, el extremismo del movimiento pro-Trump y anti-Trump, ha contribuido a presentar, también en Europa, la opción demócrata de estas elecciones como poco menos que socialista, semejante a la de personajes como Bernie Sanders o Alexandria Ocasio-Cortez. Pero ni Joe Biden ni su «running mate» Kamala Harris pertenecen a la corriente revolucionario-progresista del Partido Demócrata. Todo lo contrario: son parte de un establishment más bien conservador de Washington D.C. y de California. Biden pertenece a la familia política de la capital y lleva décadas moviéndose en los círculos del Congreso, como presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado o del Comité Jurídico de la misma cámara. Es la élite blanca, conservadora, de la costa este tradicional. Kamala Harris no lo es menos, y esto es de fundamental importancia. Se ha explotado para la campaña el hecho de que sea mujer y perteneciente a diferentes grupos étnicos (afroamericana y asiáticoamericana) como elementos para atraer al votante progresista. Sin embargo, Harris no es Ocasio-Cortez. Perteneciente a la burguesía californiana, como fiscal general de California Harris demostró ser adalid del orden y del imperio de la ley. Ha sido azote del crimen organizado en el sur de California, de la mafia mexicana y el cártel de Tijuana, así como una defensora de la pena de muerte en ese Estado. El efecto anti-Trump no ha cambiado sus posicionamientos y esto es extremadamente importante pues Kamala Harris no es una simple candidata a vicepresidenta —la magistratura más inútil del sistema americano, solo rentabilizada por Dick Cheney— sino una sucesora, una candidata a presidenta. Joe Biden tiene setenta y siete años y su salud es delicada. De acabar el mandato, de seguro no se presentará a la reelección en 2024. De dimitir antes de esa fecha, Harris se convertiría en la primera mujer presidente de los Estados Unidos y como tal se presentaría a las elecciones de 2024. Eso es lo que está en la mente del establishment demócrata. Es por ello que la victoria demócrata, mejor dicho de estos demócratas, del tándem Biden-Harris, es una buena noticia para el orden internacional liberal que tiene la oportunidad de pasar la oscura página escrita por Trump y revitalizarse tras la que ha sido la mayor crisis desde su concepción.

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