«The backyard»

Desde que en diciembre de 1823 el presidente James Monroe, bajo la bota de su secretario de Estado James Quincy Adams, proclamara la «Doctrina Monroe», que advertía a los europeos en contra de intervenir en el Hemisferio Occidental, Sudamérica se ha considerado el «patio trasero» de los Estados Unidos. La geopolítica del Caribe, América central y del Sur ha sido siempre de vital importancia para la seguridad de Washington. Y Cuba, desde el momento de la independencia de Estados Unidos, ha estado en el punto de mira de americano. Este enclave geoestratégico en el centro del Mar Caribe, a tan solo unas millas de La Florida, conectada por cultura e historia con los países hispanos continentales, supone un reto para la entrante administración demócrata de Joe Biden y Kamala Harris. Barak Obama inició el deshielo con Cuba tras medio siglo de bloqueo diplomático y económico, en 2015. Su sucesor, Donald Trump, impuso de nuevo la política de sanciones y frenó del golpe el rapprochement. Biden ha hecho campaña a favor de continuar el deshielo de Obama, pero al entrar a gobernar, es posible que la situación cambie: son muchas las voces en su entorno, y en el del candidato a secretario de Estado, Antony Blinken, que advierten sobre los peligros en el medio plazo del blanqueamiento del régimen castrista. Es necesario que los demócratas ponderen la geopolítica de Sudamérica en su totalidad y reconsideren su posición respecto a Cuba y al resto del «Backyard»: la situación es muy distinta a la de 2015.

Antony Blinken fue vice-asesor de seguridad nacional (2013-15) y subsecretario de Estado (2015-17) en la Administración Obama: estuvo en el centro del proceso de decisión de apertura a Cuba. Se le considera partidario de esta línea en la política exterior. Sin embargo, puede que pronto se vaya a ver forzado, no solo por las circunstancias exteriores, a modificar su política. El candidato del presidente a Secretario de Estado debe contar con el visto bueno del Senado, donde los republicanos tienen la mayoría. Ya en 2015, cuando Blinken se sometía al escrutinio de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado tuvo una agria discusión con el Senador por Florida Marco Rubio sobre la cuestión de Cuba. Rubio quería saber si la Administración Obama rebajaría el régimen de sanciones sobre Cuba sin exigir claros avances en la democratización del régimen. Blinken no concretó qué avances serían considerados suficientes o apropiados como para que Estados Unidos relajase el embargo. Blinken volverá a enfrentarse a los republicanos en esta ocasión solo que con la experiencia reciente de una administración —la de Trump— que ha desarrollado una política mucho más dura para con Cuba: es previsible que no quieran desandar lo andado y presionen al candidato a Secretario de Estado para que garantice que las sanciones solo se relajarán si se obtienen garantías de una democratización profunda del régimen. (Si no es así y los republicanos aparecen como cómplices de los demócratas en un juego en el que gana el castrismo, su posición electoral en Florida, donde residen muchos refugiados cubanos, se verá seriamente comprometida).

El entonces vicepresidente Joe Biden junto al subsecretario de Estado Antony Blinken. Al fondo, el Secretario de Estado John Kerry, 2015.

Más allá de la política de Washington, de las voluntades que tengan que ganarse para que Blinken pase los exámenes del Senado, es imprescindible que la Administración entrante considere una nueva política para Cuba — una política que vea Cuba como lo que es (la puerta al Sudamérica) y se formule en consideración con los objetivos estratégicos deseados para el resto del continente.

El panorama sudamericano ha cambiado considerablemente desde el relajamiento del embargo en 2015. La llamada «marea azul» (el auge de gobiernos liberal-conservadores a partir de 2010 tras dos décadas de «marea rosa», el fenómeno contrario) ha perdido fuelle; la izquierda intervencionista ha regresado con fuerza. A. M. López Obrador se hizo con el gobierno de México en 2018 arrebatándoselo al hegemónico PRI. Cristina F. de Kitchener y el peronismo volvieron a la Argentina después del fallido paréntesis liberal de Mauricio Macri en 2019. En Chile el gobierno conservador de Sebastián Piñera se ha visto lidiando con una auténtica revolución que ha llevado al colapso del que era el país más occidentalizado del Cono Sur. En Bolivia, tras el pronunciamiento que derrocó el populismo bolivariano, el partido de Evo Morales ha vuelto a hacerse con el poder, ahora con Luis Arce al frente. En Nicaragua Daniel Ortega y esposa continuan represaliando a una población deprimida y tiranizada — en nada quedaron las sangrientas protestas de 2018-19. El caso más desalentador sigue siendo el de Venezuela, donde el régimen autoritario de Nicolás Maduro se mantiene en el poder, inamovible. La energía de una oposición estéril, que uno tras otro ve fallar sus intentos de liberarse del dictador, se marchita. Gobiernos iliberales donde no totalitarios, una economía devastada, y una pandemia mortal que tiene en el Sudamérica uno de sus principales focos; el continente se ha convertido en una bomba geopolítica, económica y social en la retaguardia de los Estados Unidos. Su estrategia no puede ser la misma que hace un lustro.

Cuba ejerce una presión política enorme a través de Venezuela sobre los países del Sur de América. El post-comunismo (socialismo del siglo XXI) que ambos encarnan se ha convertido en uno de los vértices, junto a la corrupción ligada al narcotráfico y el autoritarismo político, de un triángulo que mantiene a Sudamérica sometida. Estados Unidos tiene que poner el foco sobre Venezuela. La permanencia del régimen de Maduro contra viento y marea y el resurgimiento del peronismo en argentina, del bolivarianismo en Bolivia, y la explosión de la producción de la cocaína en Colombia, no son coincidencias: estos fenómenos están conectados a través de La Habana, donde son expertos en la creación de regímenes quísticos imposibles de derribar sostenidos sobre la represión parapolicial y alimentados por la mafia narcotraficante. Cuba contribuye a que Venezuela continúe siendo un Estado fallido en manos de un dictador sanguinario (18 000 asesinatos, 15 000 detenciones arbitrarias, estima la Organización de Estados Americanos, se han producido desde 2014). La Habana no solo ha diseñado la estrategia de supervivencia de Maduro e infiltrado el alto mando de su régimen; también ha logrado, a través de su influencia y mediación, que Irán, Rusia y China entren a medrar en el Estado fallido caribeño.

El peligro estratégico que supone Venezuela para Estados Unidos y para el resto de Sudamérica no es baladí. La cuestión es si el endurecimiento de las sanciones de Estados Unidos sobre Cuba y su progresiva incorporación a la «familia de naciones» debilita o refuerza su sistema de conexiones tóxicas con otros países del entorno. Por un lado, la democratización de Cuba, exigida a cambio de levantar las sanciones, puede llevar aparejada el cese de sus actividades subversivas. Sin embargo, es difícil pensar que el Gobierno cubano vaya a confesar la existencia de dichas acciones; la presión puede ejercerse pero será complicado que por la vía diplomática Cuba renuncie a su estrategia revolucionaria, que es en esencia lo que mantiene al régimen castrista —ahora en manos del vicario Miguel Díaz Canel— a flote. Un recrudecimiento de la política hacia Cuba puede hacer más virulenta su política exterior. La situación en Venezuela es, no obstante, agónica y no puede esperar a que la apertura a Cuba de resultados. Cuba no es el principio del camino sino el final — el objetivo final. Primero, Estados Unidos debe ir deshaciéndose de sus satélites: Venezuela debe ser uno de los principales objetivos estratégicos de la Administración Biden. Desmantelar el régimen de Maduro supondría un enorme avance para la democracia, para el pueblo de Venezuela y para la seguridad regional. Además debilitaría enormemente a Cuba, que vive en estos momentos del narcotráfico controlado por el Estado Mayor chavista, y la empujaría hacia un proceso democrático cuyo tempo controlaría Estados Unidos. Esto es vital: en estos momentos, siendo conexión y garante de los regímenes post-comunistas y de izquierda radical de Sudamérica, el régimen cubano se encuentra en una posición de fuerza. La Administración Biden debe darse cuenta de esto y dirigir sus esfuerzos hacia neutralizar la amenaza que suponen los allegados ideológicos y estratégicos de La Habana. Se debe lidiar de inmediato con la amenaza de Caracas que el matonismo e incompetencia de Trump dejó sin respuesta.

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