Síntoma de decadencia

Después de este mes centrados en Corazón de deidades, regresamos en De Historia, Política y Perros, deseando a todos nuestros suscriptores y lectores un próspero 2021. Abrimos este post de comienzo de año con la imagen que ha impactado al mundo, analizando su trasfondo y sus consecuencias.

El ataque al Capitolio de los Estados Unidos (6 de enero de 2021) durante la sesión conjunta de representantes y senadores que aprobaba el resultado electoral de noviembre, es el hito histórico que cierra, definitivamente, el «American century», que comenzó en 1916. A pesar de la victoria de Joe Biden, que representa la corriente del orden internacional liberal, Estados Unidos lleva tiempo fuera de juego: los dilemas y complicaciones de ser la única superpotencia («the lonely superpower», que decía Samuel Huntington) han estallado durante el mandato de Donald J Trump. Un regreso al aislacionismo típico de la corriente jacksoniana: un discurso nativista, anti-extranjero, receloso del atlantismo; Trump ha sido un personaje estrafalario, pero sus ideas no eran originales. Como ya hemos dicho en muchas ocasiones en este espacio, Trump pertenece a una corriente política que otros inauguraron allá por la temprana república (c. 1814-1830).

Lo fundamental de Trump es el momento en el que ha llegado. El aislacionismo jacksoniano volvió a Estados Unidos como reacción al sobreestiramiento de la unipolaridad, la situación de hegemonía sin precedentes que sobrevino al colapso de la Unión Soviética. Estados Unidos nunca se supo adaptar a lo que dejó el fin de la Guerra Fría: no estaba preparado para ser el policía del mundo, la única potencia. La falta de una gran estrategia facilitó el enquistamiento de conflictos regionales peligrosos —Irak, Afganistán…—, el ascenso silencioso de China y el regreso de viejos competidores —Rusia. Trump supuso un revulsivo contra esos Estados Unidos desorientados en el plano internacional, asfixiados por las responsabilidades inasumibles de la unipolaridad. Su remedio, claro está, fue el de sacar a Estados Unidos de ese juego: un rechazo a ultranza al orden internacional liberal que venció (aunque de rebote) en 1989 y que los propios Estados Unidos crearon en 1945.

Pero de todo eso ya hemos hablado en anteriores entradas. Lo verdaderamente novedoso de Trump ha sido su intento de sabotear la democracia, cruzando límites insospechados. En un mitin celebrado frente a la Casa Blanca, Trump instó a sus seguidores a marchar sobre el Capitolio para asegurarse de que los representantes y senadores republicanos no les traicionaban e impedían el triunfo de Biden en la sesión. No fue un hecho espontáneo. Ya en un mitin en Georgia, estado que escogía sus senadores, la semana anterior, Trump había advertido de que «pasarían cosas» en la sesión constitutiva del día 6. El presidente saliente arengó a sus seguidores a tomar el Capitolio e impedir el normal funcionamiento de la democracia — que él considera inválida por no haber ganado de acuerdo a sus normas. El Capitolio americano solo ha sido atacado en otra ocasión, que fue en agosto de 1814 cuando durante la guerra anglo-americana las fuerzas británicas lo bombardearon en venganza por la destrucción de York (Canadá) por los americanos el año anterior.

La turba arengada por el presidente Donald J Trump agolpándose en la escalinata del Capitolio, 6 de enero de 2021.

El hecho ha sepultado al trumpismo, indefendible hasta para sus seguidores (a excepción de los exaltados de cuernos de bisonte). Pero más allá de Trump y de su locura, reside el hecho de que en una democracia consolidada y moderna —de las más antiguas del mundo, ejemplo de la libertad republicana desde 1776— se haya llegado al insólito punto de asalto al palacio legislativo. Que en una democracia liberal pueda llegar al poder quien sea enemigo declarado de la misma, debe encender todas las alarmas. Ha sido en Estados Unidos, cuna de la democracia moderna, adalid del orden liberal internacional, donde se ha intentado subvertir el orden democrático y el imperio de la ley con métodos revolucionarios. El iliberalismo ha mostrado sus colmillos y no, como hasta ahora, desde la insignificante periferia de Hungría, Polonia o Cataluña.

Se trata de un síntoma que revela una enfermedad gravísima en el seno de Occidente: la desafección por la democracia liberal. Aunque esas masas que tomaron el Capitolio fracasaran en su intento, a lo igual que han fracasado otros envites del iliberalismo en Europa, no se puede cerrar los ojos a lo que subyace. Aumenta el número de personas no ya que recelan sino que abiertamente rechazan el liberalismo democrático. Que haya casos como el de esa mujer militar que viajó desde San Diego hasta Washington para morir tiroteada por la policía del Capitolio durante el asedio al recinto, exige replantearse el estado en el que se encuentra la democracia y la fuerza de los enemigos —internos y externos. Este hecho, que ya ha pasado a la historia como «The Storming of the U.S. Capitol», evidencia lo honda que es la fractura en el orden liberal. Lo peligroso es que el fracaso del asedio, la caída de Trump y el ascenso de Biden confundan a Occidente. Un conato de rebelión es la punta del iceberg. Es falaz e irresponsable pensar que porque Trump ha sido derrotado y su sedición detenida la democracia liberal ha triunfado y está a salvo. Nada más lejos de la realidad.

Un comentario sobre “Síntoma de decadencia

  1. Alfonso, felicitarte por CORAZON DE DEIDADES, un tema que podía ser farragoso en su tratamiento lo has desarrollado de forma muy amena y personal.

    El libro me ha resultado apasionante.

    Enhorabuena, pero te has puesto el listón muy alto para el próximo.

    Un abrazo Jaime Ruiz Orfila

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